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jueves, 24 de abril de 2014

La inutilidad de la Gramática

Cuando Antonio de Nebrija presentó la primera Gramática de la Lengua española a la reina Isabel en 1492, ésta le preguntó para qué querían una gramática de una lengua que ya hablaban. Hoy, a los que estudiamos Filología Hispánica nos preguntan a menudo para qué sirve.

Dejar de lado las reglas de una lengua significa retroceder 500 años y asumir que nadie va a hablar ni escribir correctamente. Significa que no hay normas, con lo cual cada uno construirá las frases como mejor le convenga. Del mismo modo diferentes personas utilizarán diferentes grafías para un mismo sonido, atendiendo a sus costumbres o preferencias, y el sentido de lo escrito o dicho jamás podrá ser interpretado de forma veraz, pues los matices son muchos y la subjetividad, infinita.

Ni hoy ni ayer se le ha dado la suficiente importancia a la lengua como para contratar a un experto y asegurarnos de que lo que decimos es correcto. Incluso en medios de comunicación modernos se siguen viendo numerosas incorrecciones. Con todo lo cual se puede afirmar que estudiar lengua española en España es, a efectos prácticos y laborales, poco productivo. Pero que es absolutamente necesario, de eso estoy segura.


martes, 3 de septiembre de 2013

Cosas curiosas

Ayer por la tarde.

Joven español con una dicción horrible: ¿Qué paza?
Dependienta china que habla español con acento de su lengua natal: Holá.
J.E.C.U.D.H.: ¿Tenéi crimillera?
D.C.Q.H.E.C.A.D.S.L.N.: ¿Cre-ma-lle-ra?
J.E.C.U.D.H.: Zí.
D.C.Q.H.E.C.A.D.S.L.N.: Sí, aquí.

domingo, 24 de febrero de 2013

La eme con la a

Me he decidido a dejar hoy este post porque hace tiempo que vengo alarmándome ante la cantidad de graves errores ortográficos (y hasta gramaticales) que observo en todas partes. Y no me refiero sólo a las conversaciones informales de las redes sociales, en las que es normal no estar pendiente de formalidades por el tono de la comunicación, sino en artículos profesionales, prensa, televisión y publicidad.

La imagen de este post corresponde a un anuncio que últimamente circula por las calles de mi ciudad. El error no es ortográfico sino de redacción, tan desastrosa que cambia el sentido del mensaje que quiere dar.
Aunque la intención de la organización responsable es buena y desinteresada, y aunque la empresa publicitaria (si la hay) seguramente ha puesto su mejor voluntad en hacer el anuncio, poco (muy poco en realidad) costaba poner atención y añadir una coma entre perecederos y que.



Transcribo aquí el texto del anuncio porque no se ve muy bien en la imagen:

    Poner la mesa es todo un regalo
    Te regalamos una semana en una de nuestras plazas de residentes por cada 2kg de alimentos no perecederos que donaremos al Banco de Alimentos de la Costa del Sol. Infórmate en cualquiera de nuestras oficinas (...)

Este texto, literalmente, dice que por cada 2kg de alimentos que esta organización donará al Banco de Alimentos me dará una semana en una de sus plazas de residentes.
Ah, pues estupendo, ellos donan y a mí me regalan una plaza. Perfecto.

Este es el texto con la coma que dije al principio:

    Poner la mesa es todo un regalo
    Te regalamos una semana en una de nuestras plazas de residentes por cada 2kg de alimentos no perecederos, que donaremos al Banco de Alimentos de la Costa del Sol. Infórmate en cualquiera de nuestras oficinas (...)

El sentido ha cambiado bastante. Aunque no lo especifica (que sería lo apropiado) se entiende que por cada dos kilos de alimentos que el lector del anuncio les entregue, y que ellos donarán al Banco de Alimentos, le regalarán una semana en una de sus plazas.

Pero aún se puede mejorar más:

    Poner la mesa es todo un regalo
    Te regalamos una semana en una de nuestras plazas de residentes por cada 2kg de alimentos no perecederos que dones a nuestra campaña de recogida, y que nosotros donaremos al Banco de Alimentos de la Costa del Sol. Infórmate en cualquiera de nuestras oficinas (...)

Ahora sí. Cuidando un poco lo que se escribe (o consultando con alguien que tenga sentido común si a nosotros nos falta) el mensaje es claro y no lleva a equívocos.


miércoles, 15 de febrero de 2012

Guay

...
Plaziente digo, señora,
do vuestro mote no sea,
el qual, si non se mejora,
¡guay de quien ál non desea!
...

Íñigo López de Mendoza, Marqués de Santillana (1398 - 1458)


CELESTINA: (...) ¡Guay de quien en palacio envejece!(...)

Fernando de Rojas -probablemente- (1470 - 1541)


¡Guay de aquel que nunca atiende
galardón por su servir!
¡Guay de quien jamás entiende
guarecer ya ni morir!
¡Guay de quien ha de sufrir
grandes males sin gemido!
¡Guay de quien ha perdido
gran parte de su vevir!
...

Jorge Manrique (1440 - 1479)



domingo, 18 de septiembre de 2011

Correcta, pero innecesaria

No es la primera (ni será la última) moda de conciencia. Tampoco es (ni de lejos) algo que hayamos inventado hace poco. Algunos lo llaman "lenguaje no sexista", y con frecuencia se aferran a él porque es lo correcto ¿?, no es discriminatorio ¿?, o simplemente es lo que se espera de una persona comprometida con la igualdad de sexos. Por mi parte, y para abreviar, lo llamo simplemente tontería.

Si digo, por ejemplo, "señoras y señores", a todo el mundo le sonará natural. Si digo "niños y niñas", casi también. Si digo "jueces y juezas" ya empieza a sonar un poco excesivo; pero si digo "amas y amos de casa" parece que, o bien intento mofarme, o mi esmero en la corrección del lenguaje ha traspasado la barrera del sentido común. Y no se debe a que no haya "amos de casa", sino a que no es natural este uso en los hablantes, del mismo modo que tampoco lo es decir "ciudadanos y ciudadanas" cuando se quiere nombrar al conjunto de la población. Para designar a unos y a otras, esto es, para utilizar un género neutro, ya tenemos al género masculino, que desde siempre hemos utilizado como género no marcado, y que por tanto designa a ambos sexos. Pues no olvidemos que el uso de la lengua lo deciden los propios hablantes, de modo que el hecho de que "señoras y señores" nos suene natural es sólo por ser una fórmula común en el escenario para dirigirse al público, pero hacer este uso extensivo a otros ámbitos por una supuesta corrección política parece del todo absurdo.

Últimamente, y por cierta tendencia venida con toda probabilidad de la muy necesaria conciencia de igualdad de oportunidades entre hombre y mujer, se ha extendido este modelo incluso en el campo del lenguaje, cuando no era en absoluto necesario. Como ejemplo más claro tenemos los antiguos APA (Asociaciones de Padres de Alumnos) convertidos recientemente en AMPA (Asociaciones de Madres y Padres de Alumnos) -quizá una madre protestó y, maldita suerte, alguien le hizo caso-. Pero aún podemos estar agradecidos, porque se podría haber decidido incluir también a los abuelos (AMPAAA: Asociaciones de Madres, Padres, Abuelos y Abuelas de Alumnos), que bien podrían exigir su hueco por su papel protagonista hoy día en todas las escuelas y en la educación de los pequeños. Aunque puestos a ser completamente correctos, ¿por qué no formar los AMPAATTYCOFOAACDUM (Asociaciones de Madres, Padres, Abuelos, Abuelas, Tíos, Tías y Cualquier Otro Familiar o Allegado a Cargo de un Menor)?

Hace poco, y por poner otro ejemplo, cierto portal corporativo ha cambiado su nombre, originariamente "Portal del Empleado" y hoy llamado "Portal Interno"; no vaya a ser que alguna empleada se sienta marginada o algún hombre indignado ante la falta de consideración hacia el sexo femenino. También, y salvando la tarea a muchos redactores, se están utilizando a discreción palabras colectivas como ciudadanía o clientela, u otras neutras como personas o habitantes. Lo que sea para evitar la cancioncilla del -as y -os, como borriquitos obcecados en lo supuestamente correcto.

Pero tampoco hay que alarmarse. Ha habido modas mucho peores, y aún más absurdas, en el pasado. Por poner un par de ejemplos tomemos como referencia los intentos de algunos durante la segunda república, en los que pretendían que todos cobrasen el mismo salario, independientemente de su puesto. O en los años inmediatos a la revolución francesa, cuando muchos intentaban imponer la ley de que todos los individuos, al haber nacido iguales y sin distinción de clases, debían por tanto vestir igual. 
Estas pretensiones, como la que estamos viviendo del lenguaje no sexista, no tienen otro futuro posible que terminar en el fracaso. La imposición de restricciones injustificadas coartan la individualidad y la expresión, y el hombre es lo bastante individual y tiene la suficiente necesidad de expresión como para aceptar someterse al encorsetamiento de lo ridículo.

La moda pasará -o eso espero, que pase- aunque sólo sea por el hecho de lo incómodo que resulta recordar continuamente las versiones femenina y masculina de un mismo término, o buscar una alternativa que englobe a ambas y que no parezca -para quien lo crea así- sexista. Ahora bien, aunque la moda pase, y como todo parece ser cíclico, a buen seguro que esta conciencia actual en el lenguaje nos perseguirá en el futuro, si bien es posible que a la mayoría no nos pille vivos la próxima vez que nos visite.
Como prueba de ello dejo estas palabras de Quevedo, allá por el comienzo del siglo XVII, que leí recientemente: "Por hipocresía llaman al negro, moreno; trato, a la usura; a la putería, casa; al barbero, sastre de barbas; y al mozo de mulas, gentilhombre del camino."


domingo, 19 de junio de 2011

Leer y estudiar literatura

Quizá no era tan mala idea, allá por los ochenta cuando cursaba la EGB, aquello de ponernos a los niños a leer, sin conocimiento ni vocación, las grandes novelas de la literatura española. Y digo que quizá no lo fuese porque, a pesar del enorme esfuerzo que suponía y de que apenas nos enterábamos ni de la mitad de lo que leíamos, al menos, en la mayoría de los casos, se quedaban en la memoria los trazos generales de las obras, la impresión primera que siempre queda de una lectura y la visión global de lo estudiado que, al abordarse en grupos de novelas, permitían unos años después recordar, por ejemplo, que Fortunata y Jacinta, La Regenta y Marianela, pertenecieron al mismo período narrativo.

El gusto por leer, sin embargo, era otra historia a la que sin duda no contribuían cuando nos obligaban a memorizar años de nacimiento y defunción, o cuando, por miedo al profesor, fingíamos reverencia hacia nombres que nada significaban para nosotros, o cuando mentíamos, directamente, al preguntarnos si habíamos leído el libro. Mentira en la que te podías estar jugando un suspenso, si el profesor te sacaba a preguntarte.

Es verdad que se adquiría culturilla, aunque fuese en los rasgos más superficiales, y también había a quien le encantaba la lectura, incluso de las obras más antiguas, pero en mi caso lo cierto era que para disfrutar de una novela o para saber valorarla me hacía falta una de estas dos cosas: que la historia me resultara interesante, o un poquito de madurez que me permitiera comprender la obra y empatizar con el autor. Claro está que con diez o doce años el segundo requisito no lo cumplía, y respecto al primero no lo llegué a encontrar en ninguno de los tantos libros venerados de nuestro patrimonio cultural. Así que podemos decir que no me enganché de ninguna forma al estudio de la literatura. Ni me interesaba, ni me gustaba, ni le encontraba aliciente alguno.

Luego llegó el instituto, que era más o menos lo mismo sólo que multiplicado. Nombres, fechas, títulos. Aprender de memoria los grandes logros de cada obra y, también, los pensamientos e intenciones que, según el autor o autores del libro de texto (y con los que a menudo discrepaba), tenía el escritor en el momento de crearla. Es decir, nada que me interesara. O al menos nada que me ayudara a acercarme a ellos, e hiciera que esos genios creadores, encumbrados al estado divino de inmortales de la literatura, bajaran al nivel terrenal para poder comprenderlos cara a cara, como personas que fueron, al igual que yo.

De algún modo, sin embargo, conseguí salir airosa de aquellos años de educación sin leer más que algunas páginas sueltas y algún que otro resumen ajeno, y casi ninguno de aquellos “tochos infumables” (así era como los llamaba) al completo. Tampoco había adquirido el hábito de leer (que no sé lo que es pero dicen que existe), ni -he de admitir- me preocupé por adquirirlo. Así fue transcurriendo el tiempo y así llenándose cada vez más mi ignorancia sobre el mundo literario, de modo que cuando fui libre de elegir, no quise leer.

Amigos, familiares, gente cercana, la gran mayoría leían a menudo. Casi todos obras de escritores contemporáneos. Bestsellers, Premios Planeta o literatos reconocidos. Daba igual. Ellos leían y yo no. Lo cual tampoco era tan grave (hay mucha gente que no lee), pero todos daban por sentado que a mí que me gusta escribir, me gustaría también leer y, por afición a las letras, sabría del tema más que ellos. Y yo, por vergüenza y miedo, fingía y ocultaba mi secreto.

Aquello duró muchos años. Tantos casi como los que tengo. Tampoco -lo sé- es algo de lo que uno tenga que avergonzarse, pero me afectaba un poquito. Me sentía en desventaja en las conversaciones. Inculta. Ignorante.

Lo más curioso, y por liar un poco más el tema, es que los libros me encantan. Adoro que me regalen libros. Disfruto paseando por las librerías. Ojear los tomos. Hojearlos. Leer algunas páginas. Imaginarme lo que guardan dentro. Pero cuando me siento con ellos de veras y nos hablamos de tú a tú, la gran mayoría me cansa enseguida.

Para colmo, lo único que he conseguido devorar con avidez son novelas románticas, de esas facilonas y predecibles. En fin, bochornoso. Pero aquí estoy, fuera de ningún escondite y asumiendo que me gusta mucho escribir, pero no leer. O por lo menos no aquello que me lleve demasiado tiempo. Me gustan las historias cortas. Disfruto a menudo con posts, poemas y relatos breves. Pero me cansa sobremanera una novela larga.

Estos últimos dos años, sin embargo, ha ocurrido algo significativo. Matriculada en Filología Hispánica (no es por castigarme, es que me encanta la Lengua) no me ha quedado más remedio que afrontar lo que he venido evitando tanto tiempo y ponerme a estudiar realmente literatura. Pero cuál ha sido mi sorpresa cuando, al encarar los libros de Textos Literarios, esperando encontrar la resabida lección de biografías y bibliografías, no se me ha pedido memorizar ningún autor, ni estudiar al dedillo fechas o publicaciones. El enfoque actual (o el orientado a los adultos, no lo sé), ha sido el de la comprensión de las épocas, modas y pensamientos. Y me he encontrado disfrutando (y sorprendiéndome por ello) al leer los textos y estudiar los temas. Evaluando con mi propio criterio, bajo las circunstancias de las diferentes corrientes y con los recursos lingüísticos aprendidos, cada novela y cada autor. Y me he encontrado con que, bajo mi perspectiva subjetiva, pero aplicando conocimientos objetivos, he encontrado en cada obra un punto de unión con sus personajes y su autor, de una forma íntima y personal. Y se ha producido el milagro: por fin le he encontrado el gusto al estudio de la literatura, ya sea porque tengo la madurez adecuada, porque el enfoque académico es el correcto o por la actitud con que lo he enfrentado. El hecho es que incluso me están entrando ganas de leerme todos los libros que llevo de retraso.

Tampoco voy a entusiasmarme demasiado (sé que nunca llegaré a ser una lectora adicta) pero me reconforta comprobar que entre los libros y yo comienza a gestarse, gracias al estudio, una bienvenida reconciliación.