Debajo de mi casa acaban de abrir una tienda de las llamadas de todo a cien. Tienen de todo, como ya sabrán. Absolutamente de todo. Desde complementos de imitación a Hello Kitty, hasta menaje de cocina, pasando por artículos de papelería, droguería, perfumería, ferretería, juguetes, e incluso abrigos y ropa interior. Y todo, a precios casi simbólicos.
Paseando por las estanterías de esta tienda, me he parado a pensar en lo fácil que resulta comprar cualquiera de sus artículos. Objetos sin calidad ni valor, que tal como los adquirimos y usamos pueden ir a parar al cubo de la basura sin ningún tipo de remordimiento. ¿Por qué íbamos a tenerlo? Son objetos que no valen nada (casi literalmente). No nos cuesta nada comprarlos, son de escasa calidad, abundantes hasta la saciedad y no supone ningún esfuerzo adquirirlos. Así que, si ya no nos sirven, ¿por qué no tirarlos?
Este pensamiento, mientras seguía con mi paseo, me ha hecho recordar una anécdota que me ocurrió hace poco mientras visitaba a una amiga. Había comprado en Ikea una pequeña mesita para el teléfono fijo, muy coqueta, que le había costado la irrisoria cantidad de diez euros. El marido, en un descuido con su cigarrillo, dejó sin querer una pequeña marca en una de sus esquinas, y mi amiga, además de reprenderle, exclamó sin ninguna pena que total, para lo que le había costado, se llegaba a comprar otra.
La mesa estaba hecha de madera, y esa madera formaba parte de un árbol que fue talado. La madera fue cortada, alguien la lijó y la ensambló y luego la pintó. Quizá lo hicieron unas máquinas, pero éstas, también, están dirigidas por hombres. Y aunque no lo estuvieran, sigue siendo un trabajo que llevó un tiempo, que consumió unos recursos y que supuso una planificación y un esfuerzo. Sin embargo la desechamos. ¿Por qué? ¿Cómo hemos llegado a despreciar de esta manera el trabajo de los hombres (por no hablar de los recursos naturales)? Y la respuesta la hallé en la tienda de todo a cien: porque no nos supone ningún esfuerzo. Porque no nos cuesta nada adquirir. Y al no costarnos nada adquirir, tampoco nos cuesta nada desechar. Y esto, me temo, es aplicable a todos los aspectos de nuestra vida.
Estamos sobrealimentados, sobrevestidos y sobreabastecidos de todo cuanto nos hace falta. Vivimos en la cultura del ocio y el derroche, y esto, además de poblar nuestras vidas de objetos sin valor, nos convierte en consumidores de la nada.
La televisión, el cine, la música y la literatura también están saturados de artículos de todo a cien. De sobra son conocidos esos programas mediocres que emiten todas las televisiones, que incluso ya tienen nombre propio: programas basura. Del mismo modo, ya tenemos también comida basura, e incluso películas, libros y canciones basura.
Cada vez es más frecuente que cualquier éxito en la radio no dure más que un par de semanas en el número uno, hasta que otro ocupa su lugar. Suelen ser canciones de música pegadiza y facilona, con una letra simple y poco trabajada. Éxitos fugaces que apenas aguantan unos meses antes de caer desfasados. Y es sólo con el paso del tiempo cuando nos damos cuenta de su verdadera calidad (o de su falta de ella). Muy pocos “hits” aguantan ser escuchados unos años después sin perder la dignidad.
Ya no se trabaja el arte. No se le dedica tiempo. Todo se hace con rapidez. Los editores de libros, los publicistas, las casas discográficas, los productores de cine y tv, se han dado cuenta de lo rentable que resulta el consumismo resultón y barato, que obnubila a la mayoría del público de forma rápida y fugaz. Cualquier cosa que dé un éxito comercial inmediato es aceptable antes de pasar al siguiente. Nos hemos acomodado a lo fácil, a lo abundante e instantáneo. Sobre todo a lo instantáneo.
Hace unos años, los niños teníamos que esperar durante meses para recibir un juguete. La mayoría sólo teníamos el día de Reyes y el día de nuestro cumpleaños para conseguir regalos. Por eso eran una fiesta. Ahora, sin embargo, tenemos fiestas cada fin de semana. Tenemos lo que queremos sin necesidad de esperar.
Recuerdo que mis padres tenían que ahorrar para poder comprarnos un juguete a cada uno el seis de enero. Era un día único, mágico, en el que todos, al mismo tiempo, recibíamos un regalo. Pero en la actualidad, los Reyes se han vuelto un poco menos magos, porque cualquier otro día del año podemos hacernos con cualquier cosa que deseemos, y esto, lleva a una inevitable insatisfacción. Si no nos cuesta ningún esfuerzo adquirir, ni tan siquiera la disciplina de esperar, tampoco nos supondrá ninguna pena desechar, al igual que ocurría con la mesa de diez euros. Sólo aquello por lo que trabajamos, por lo que nos esforzamos, nos aporta satisfacción y nos crea un apego. Para obtener lo que queremos, primero debemos sentir que nos lo hemos ganado. Sólo así conseguiremos disfrutarlo.
Estamos llenando nuestras vidas de objetos basura, de arte basura, de desperdicios que apenas aprovechamos unos días antes de despreciarlos. Y poco importa que lo que hayamos adquirido sea más bueno o más malo, más caro o más barato. Si no nos ha supuesto ningún esfuerzo, ningún sacrificio, carecerá de valor.
Nos estamos acostumbrando a derrochar, a gastar porque podemos. A despreciar el trabajo de los hombres, y con ello, sin saber, despreciamos también lo que le ha costado a la humanidad conseguir este estado de bienestar (al menos en el primer mundo), con bienes asequibles para casi todos.
Una mesa no se hace sola. Una canción tampoco se escribe sola. Ni una película. Ni un libro. Sin embargo tiramos comida, tiramos muebles y tiramos ropa. Tampoco solemos releer, cuando a la relectura se le suele sacar en realidad más provecho que al abrir un nuevo libro. Ni parece que todas las canciones, que todas las películas y que todos los videojuegos que tengamos grabados sean suficientes.
Pero no nos engañemos. Todo esto no quiere decir que seamos peores que las generaciones precedentes. Tampoco mejores. Es sólo que vivimos en sociedades muy diferentes.
No se trata, ni mucho menos, de que hasta hace unos años supiésemos disfrutar mejor, sino de que, simplemente, no reinaba tanta abundancia a nuestro alrededor, y eso, hacía que valoráramos cada cosa de forma distinta. Todo era importante. Lo que ahora nos supone un simple paseo por una tienda más una sencilla elección, antes costaba meses de espera y ahorro para conseguirlo. Por eso le dedicábamos más tiempo a una canción, más horas a un libro, más entusiasmo a todo cuanto adquiríamos. Los objetos eran bienes escasos y únicos, la mayoría de las veces artesanos y, por lo tanto, irrepetibles. Teníamos mucho menos. Por eso, lo disfrutábamos mucho más.
Hasta hace poco no se disponía de tiempo, ni de recursos, ni de dinero para producir ni consumir al nivel en el que lo hacemos hoy en día. No se disponía, como ahora, de tres horas diarias (la media de consumo en España) para ver televisión. De hecho, ni siquiera había televisión. Tampoco se producían tantas películas, tantas canciones, ni tantos libros.
De un tiempo a esta parte, el mercado está produciendo y consumiendo en exceso, y este exceso nos ha llevado a la saturación, tanto en variedad como en cantidad. Y esta saturación, como no podía ser de otra manera, ha provocado una proliferación de la mediocridad y de la inmediatez.
Tampoco nos equivoquemos. No es que sea malo disponer de tiempo de ocio y de oferta cultural. Muy al contrario, es recomendable e incluso necesario, pero puede llegar a ser contraproducente si no se sabe cómo emplearlo. El problema consiste en que tenemos demasiadas cosas que son demasiado asequibles. Lo cual, por un lado, es positivo. Nunca como hoy en día estuvo más al alcance de todos adquirir aquello que se desea. Pero por otro lado toda esta inmediatez, esta facilidad, está haciendo que dejemos de valorar el trabajo ajeno, los recursos y el esfuerzo que la sociedad ha empleado para llegar hasta donde nos encontramos. Y lo más importante: estamos llenando nuestras propias vidas de cosas sin valor. Y no importa, insisto, si son caras o baratas. Si no nos ha supuesto ningún sacrificio conseguirlas, no valen nada. Y como no valen nada, en un plazo medio, e incluso corto, nos son insuficientes y hasta insatisfactorias.
Estamos generando más desperdicios de lo que podemos tolerar, y no sólo en sentido literal. Nos estamos poblando a nosotros mismos de objetos y de arte procedentes de la cultura de la basura, del consumismo de un solo día, creados para marcharse de nuestras vidas tal cual vinieron: sin esfuerzo; y, como es lógico, para dejarnos tal cual nos encontraron: vacíos.
viernes, 25 de diciembre de 2009
viernes, 20 de noviembre de 2009
Teoría de la imaginación
A veces, más que vivir, nos imaginamos viviendo. Imaginamos que estamos donde estamos, y que conversamos con quien conversamos, de los temas que conversamos. Imaginamos que nos entienden, y que entendemos a quienes nos entienden. Que somos visibles para los demás transeúntes. Que alguien se fija en nosotros. Que alguien habla de nosotros. Imaginamos esta tarde que es tranquila y es hermosa. Más tranquila y más hermosa de lo que puede en realidad ser una tarde. Imaginamos que somos. O que no somos. Que tenemos o que no tenemos. Imaginamos para bien y para mal. Que podemos o que no podemos. Que nos deben o que debemos. Y en esta continua realidad imaginada, también somos imaginados. Nos imaginan más y nos imaginan menos. E imaginan que imaginamos lo mismo, y que estamos de acuerdo.
Yo imagino que me basto, y que estoy, y que puedo. E imagino mis síes y mis noes, con tanta claridad como si los viese. Me los imagino, y me los creo. E imaginando que imagino a veces imagino que escribo, y que quien me lee lo entiende.
Pero sólo imagino.
Yo imagino que me basto, y que estoy, y que puedo. E imagino mis síes y mis noes, con tanta claridad como si los viese. Me los imagino, y me los creo. E imaginando que imagino a veces imagino que escribo, y que quien me lee lo entiende.
Pero sólo imagino.
domingo, 8 de noviembre de 2009
Si te acuerdas de mí
Quería preguntarte,
si te acuerdas de nosotros cuando llega el otoño.
Si alguna vez paseas por aquel parque
buscando gotas de viento
sacudir nuestros pasos.
Si visitas nuestra escalera
para contemplar, como hacíamos al atardecer,
la caída del ocaso.
Si en tu montaña se volvió a posar
una lechuza sobre el alambre,
y si en el valle aún se confunden
el agua,
los helechos,
y el pato de ojo colorado.
Si viajas a la laguna
con la llegada de los flamencos.
Y si alguna vez,
alguna vez,
me llevas contigo.
Quería preguntarte si echas de menos
mis palabras sobre tu oído,
y si te detienes a escuchar
a solas, como siempre,
el delicado sonido del trueno.
Si te preguntas dónde estoy,
o a quién regalaré mis silencios.
Si comparto los tesoros que construimos,
o si acaso,
los he olvidado.
Si volvieron a besarme,
si me hablaron de amor.
Si despertó de nuevo
el deseo inocente,
y la ilusión incombustible.
Quería preguntarte qué quedó de aquellos años,
si habitan en alguna parte, fuera de mí.
Si los llevas contigo,
o los perdiste en el trayecto
entre otras manos,
otros labios,
otros dueños.
Si alguien te volvió a dedicar
versos apasionados.
Si pudiste recuperar
aquello que perdimos.
Si te acuerdas de mí.
Si te acuerdas de mí.
si te acuerdas de nosotros cuando llega el otoño.
Si alguna vez paseas por aquel parque
buscando gotas de viento
sacudir nuestros pasos.
Si visitas nuestra escalera
para contemplar, como hacíamos al atardecer,
la caída del ocaso.
Si en tu montaña se volvió a posar
una lechuza sobre el alambre,
y si en el valle aún se confunden
el agua,
los helechos,
y el pato de ojo colorado.
Si viajas a la laguna
con la llegada de los flamencos.
Y si alguna vez,
alguna vez,
me llevas contigo.
Quería preguntarte si echas de menos
mis palabras sobre tu oído,
y si te detienes a escuchar
a solas, como siempre,
el delicado sonido del trueno.
Si te preguntas dónde estoy,
o a quién regalaré mis silencios.
Si comparto los tesoros que construimos,
o si acaso,
los he olvidado.
Si volvieron a besarme,
si me hablaron de amor.
Si despertó de nuevo
el deseo inocente,
y la ilusión incombustible.
Quería preguntarte qué quedó de aquellos años,
si habitan en alguna parte, fuera de mí.
Si los llevas contigo,
o los perdiste en el trayecto
entre otras manos,
otros labios,
otros dueños.
Si alguien te volvió a dedicar
versos apasionados.
Si pudiste recuperar
aquello que perdimos.
Si te acuerdas de mí.
Si te acuerdas de mí.
miércoles, 21 de octubre de 2009
Vivir a medias
No domina mi ansia ningún deseo
de poseer, tener, o ser tenida;
mas cuando he sentido una certeza,
y muchas en mi vida ya he sentido,
no he podido hacer más que ir a buscarlas
y dejarme todo el empeño en ellas.
Mal anda quien no sigue su camino;
y yo nunca he sabido,
vivir a medias.
de poseer, tener, o ser tenida;
mas cuando he sentido una certeza,
y muchas en mi vida ya he sentido,
no he podido hacer más que ir a buscarlas
y dejarme todo el empeño en ellas.
Mal anda quien no sigue su camino;
y yo nunca he sabido,
vivir a medias.
sábado, 3 de octubre de 2009
Luz
Ahora,
que ya no estamos en penumbras,
que hemos sido capaces de descubrirnos
en el centro de la vida,
ahora podemos ver,
que hasta los peores momentos no lo son tanto
cuando los miras tras el cristal adecuado.
Que el mayor hallazgo
es el más limpio
y real
tesoro:
el día de hoy.
Ahora,
hemos comprendido
que no necesitamos nada,
salvo a nosotros mismos,
y que la amistad,
y el sol,
el viento y la vela,
nos alejan de la apatía.
Y es cuando volvemos a abrir los ojos,
y observamos,
que el cielo sigue teniendo su color,
que el mar sigue reflejando la luna,
y que ya sabemos exprimir el presente.
Nuestro presente.
Y que la memoria,
los recuerdos,
son sólo nuestros.
Únicos.
Y que nadie puede arrebatárnoslos.
A veces la vida se nos muestra transparente.
Tan sencilla,
que es imposible no sonreír
de pura felicidad.
Hay un minuto en la existencia
esperando vernos despertar.
Cogedlo
¡Cogedlo!
Es el fin de las tinieblas.
que ya no estamos en penumbras,
que hemos sido capaces de descubrirnos
en el centro de la vida,
ahora podemos ver,
que hasta los peores momentos no lo son tanto
cuando los miras tras el cristal adecuado.
Que el mayor hallazgo
es el más limpio
y real
tesoro:
el día de hoy.
Ahora,
hemos comprendido
que no necesitamos nada,
salvo a nosotros mismos,
y que la amistad,
y el sol,
el viento y la vela,
nos alejan de la apatía.
Y es cuando volvemos a abrir los ojos,
y observamos,
que el cielo sigue teniendo su color,
que el mar sigue reflejando la luna,
y que ya sabemos exprimir el presente.
Nuestro presente.
Y que la memoria,
los recuerdos,
son sólo nuestros.
Únicos.
Y que nadie puede arrebatárnoslos.
A veces la vida se nos muestra transparente.
Tan sencilla,
que es imposible no sonreír
de pura felicidad.
Hay un minuto en la existencia
esperando vernos despertar.
Cogedlo
¡Cogedlo!
Es el fin de las tinieblas.
Quédate conmigo
En televisión hay un niño sin zapatos,
sentado en el suelo,
comiendo con las manos al lado de un estercolero.
Su madre lleva un bebé enganchado al pecho,
y una mano estirada hacia delante pidiendo limosna.
Entretanto,
en el siguiente canal,
una joven de veinte años
se hace pasar por una de treinta,
mientras intenta venderme una crema facial.
El mundo está podrido,
y yo sólo encuentro el consuelo
de saber que hay gente como tú.
Ya llegó el otoño
y en la casa hace frío.
Si pasas por aquí,
no dudes en llamar al timbre.
Me haría tanta falta
que te quedaras conmigo…
sentado en el suelo,
comiendo con las manos al lado de un estercolero.
Su madre lleva un bebé enganchado al pecho,
y una mano estirada hacia delante pidiendo limosna.
Entretanto,
en el siguiente canal,
una joven de veinte años
se hace pasar por una de treinta,
mientras intenta venderme una crema facial.
El mundo está podrido,
y yo sólo encuentro el consuelo
de saber que hay gente como tú.
Ya llegó el otoño
y en la casa hace frío.
Si pasas por aquí,
no dudes en llamar al timbre.
Me haría tanta falta
que te quedaras conmigo…
lunes, 31 de agosto de 2009
Julia
Julia teme que el arte sea finito. Teme que las palabras se agoten; que los trazos del pincel, su grosor, textura y color, ya estén marcados en alguna otra parte; o que las notas, dispuestas en el mismo orden y con la misma duración, sean todas repetidas. Se sienta y se angustia. Un poquito pero se angustia. Y piensa si esa canción que suena en la radio no será más que una mera copia inconsciente de otra anterior que ya sonó en otra radio de otro lugar. Teme que no queden frases por decir. Que no queden historias que filmar. Y piensa en ese día, el cual prevee cercano, en el que los informativos divulguen la fatal noticia de que la creatividad ha tocado techo. Que no hay nada nuevo. Que todo lo que había por crear ya está creado. Y que los artistas están condenados a generar, irremediablemente, sendos plagios de cualquier obra anterior.
Se angustia Julia; mientras se maquilla ante el espejo el lunes por la mañana. Una ligera marca rosada, cerca del pómulo, es el último vestigio de una espinilla premenstrual y traidora que ya casi ha remitido completamente. Se centra en ella, atacándola con una ligera capa de fino polvo mate, y se olvida sin querer de su perturbación sobre la finitud de lo artístico. Ahora empieza a pensar en el autobús, el regular de las siete y cuarto, que coge cada mañana. Piensa en porqué no para el conductor un poquito más allá de la parada del parque, allí donde se bajan las dos mujeres que siempre se sientan al fondo. Todos los que viajan a esa hora saben que son limpiadoras del colegio que queda al final de la calle, a más de trescientos metros, porque todos se conocen de todos los días de todas las mañanas, y cree que no importaría que el conductor dejara un poquito a un lado las normas alguna vez, y les hiciera el favor de dejarlas en la puerta. Luego piensa que no, que no se puede ofrecer un trato especial a unos y no a otros; y que alguien, también, y de forma fortuita, pudiera estar esperando para subir justo en aquella parada. Porque a veces (pocas) recogen pasajeros desconocidos. Eventuales de paso que pagan al contado porque carecen de bono para el autobús, pues es evidente que casi nunca lo utilizan. Y resuelve que no es cuestión de saltarse nada; que la ruta está bien tal cual, y que la improvisación no cabe en la rutina de la ciudad, acomodada a hacer, decir y pensar lo mismo, día tras día.
El reloj de la plaza de la estación marca las 7:47, como es habitual, cuando Julia desciende del transporte público. Accediendo por una callejuela que queda a la izquierda, se llega a un edificio moderno inspirado en la arquitectura local del siglo diecinueve. Sus balcones de forja y las cenefas de las ventanas parecen querer continuar la estética de sus vecinos, cien años más antiguos. Es algo sobre lo que Julia ha reflexionado muchas veces: el esfuerzo (no sabe muy bien de quién) por continuar un estilo que parece dominar la ciudad. Una parada en el tiempo donde alguien, o algo, dejó clavado y establecido que a partir de entonces todo cuanto se irguiese lo hiciera bajo sus líneas; con las mismas características. Ha pensado alguna vez si habrá algo escrito, un bando de alcaldía, por ejemplo, que obligue a los arquitectos a respetar la línea de construcción precedente, encallada en aquella época, que por no sacrificar la homogeneidad de las calles, apenas permite progresar. Ha divagado sobre esto algunas veces, y aún no ha decidido si le parece bien, o si le parece mal.
En el primer piso de aquel edificio de aspecto decimonónico, entre una mampara de cristal y la pared, se encuentra su mesa de trabajo. Frente al asiento, sobre el tablero, hay un monitor, un teclado y un ratón. Debajo está el ordenador, al lado de la cajonera. A la izquierda, en una pequeña mesa auxiliar, varias carpetas descansan sobre manuales de diseño gráfico y publicidad. A la derecha del monitor hay una caja de clips, un cubilete con lápices, bolígrafos y rotuladores, una grapadora, y una alfombrilla naranja en forma de flor. En la esquina, un pequeño poto deja caer sus hojas desde el filo, añadiendo un toque de color. Plantado en la tierra de su maceta, un gnomo de barro sonríe de forma apacible mientras observa el paso del tiempo. No hay nada más a la vista. Todo está recogido y en su puesto. Las luces están encendidas y alguien acaba de poner en funcionamiento el motor del aire acondicionado, que empieza a enfriar la estancia. A lo largo de la planta van llegando dos, tres personas, que ocupan sus asientos en silencio tras breves saludos matutinos. Ninguno de ellos es Julia. Ella aún está en la plaza de la estación, con la vista vuelta hacia la callejuela. Arrastra en su mano derecha un pequeño trolley con ruedas. Sobre su hombro izquierdo lleva una bolsa de viaje. Se detiene unos segundos. Desde su posición puede ver el perfil del edificio de oficinas donde trabaja, e incluso adivinar la luz que sale de los ventanales del primer piso. Lo contempla unos instantes y luego continúa su camino, en sentido opuesto. Hoy su mesa de trabajo quedará vacía. Hoy no irá a trabajar. Hoy, esta mañana, Julia va a coger un tren.
Se angustia Julia; mientras se maquilla ante el espejo el lunes por la mañana. Una ligera marca rosada, cerca del pómulo, es el último vestigio de una espinilla premenstrual y traidora que ya casi ha remitido completamente. Se centra en ella, atacándola con una ligera capa de fino polvo mate, y se olvida sin querer de su perturbación sobre la finitud de lo artístico. Ahora empieza a pensar en el autobús, el regular de las siete y cuarto, que coge cada mañana. Piensa en porqué no para el conductor un poquito más allá de la parada del parque, allí donde se bajan las dos mujeres que siempre se sientan al fondo. Todos los que viajan a esa hora saben que son limpiadoras del colegio que queda al final de la calle, a más de trescientos metros, porque todos se conocen de todos los días de todas las mañanas, y cree que no importaría que el conductor dejara un poquito a un lado las normas alguna vez, y les hiciera el favor de dejarlas en la puerta. Luego piensa que no, que no se puede ofrecer un trato especial a unos y no a otros; y que alguien, también, y de forma fortuita, pudiera estar esperando para subir justo en aquella parada. Porque a veces (pocas) recogen pasajeros desconocidos. Eventuales de paso que pagan al contado porque carecen de bono para el autobús, pues es evidente que casi nunca lo utilizan. Y resuelve que no es cuestión de saltarse nada; que la ruta está bien tal cual, y que la improvisación no cabe en la rutina de la ciudad, acomodada a hacer, decir y pensar lo mismo, día tras día.
El reloj de la plaza de la estación marca las 7:47, como es habitual, cuando Julia desciende del transporte público. Accediendo por una callejuela que queda a la izquierda, se llega a un edificio moderno inspirado en la arquitectura local del siglo diecinueve. Sus balcones de forja y las cenefas de las ventanas parecen querer continuar la estética de sus vecinos, cien años más antiguos. Es algo sobre lo que Julia ha reflexionado muchas veces: el esfuerzo (no sabe muy bien de quién) por continuar un estilo que parece dominar la ciudad. Una parada en el tiempo donde alguien, o algo, dejó clavado y establecido que a partir de entonces todo cuanto se irguiese lo hiciera bajo sus líneas; con las mismas características. Ha pensado alguna vez si habrá algo escrito, un bando de alcaldía, por ejemplo, que obligue a los arquitectos a respetar la línea de construcción precedente, encallada en aquella época, que por no sacrificar la homogeneidad de las calles, apenas permite progresar. Ha divagado sobre esto algunas veces, y aún no ha decidido si le parece bien, o si le parece mal.
En el primer piso de aquel edificio de aspecto decimonónico, entre una mampara de cristal y la pared, se encuentra su mesa de trabajo. Frente al asiento, sobre el tablero, hay un monitor, un teclado y un ratón. Debajo está el ordenador, al lado de la cajonera. A la izquierda, en una pequeña mesa auxiliar, varias carpetas descansan sobre manuales de diseño gráfico y publicidad. A la derecha del monitor hay una caja de clips, un cubilete con lápices, bolígrafos y rotuladores, una grapadora, y una alfombrilla naranja en forma de flor. En la esquina, un pequeño poto deja caer sus hojas desde el filo, añadiendo un toque de color. Plantado en la tierra de su maceta, un gnomo de barro sonríe de forma apacible mientras observa el paso del tiempo. No hay nada más a la vista. Todo está recogido y en su puesto. Las luces están encendidas y alguien acaba de poner en funcionamiento el motor del aire acondicionado, que empieza a enfriar la estancia. A lo largo de la planta van llegando dos, tres personas, que ocupan sus asientos en silencio tras breves saludos matutinos. Ninguno de ellos es Julia. Ella aún está en la plaza de la estación, con la vista vuelta hacia la callejuela. Arrastra en su mano derecha un pequeño trolley con ruedas. Sobre su hombro izquierdo lleva una bolsa de viaje. Se detiene unos segundos. Desde su posición puede ver el perfil del edificio de oficinas donde trabaja, e incluso adivinar la luz que sale de los ventanales del primer piso. Lo contempla unos instantes y luego continúa su camino, en sentido opuesto. Hoy su mesa de trabajo quedará vacía. Hoy no irá a trabajar. Hoy, esta mañana, Julia va a coger un tren.
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