lunes, 21 de marzo de 2011

Definiciones de escritor. III

Un escritor es una persona que desperdicia gran parte de su vida escribiendo a los demás cómo deben vivir la suya.

domingo, 20 de marzo de 2011

Paradoja de la desigualdad

El ser humano, en cualquier lugar y tiempo, y afortunadamente, se ha afanado en intentar lograr los tan deseados bienestar e igualdad para todos sus semejantes, en una tarea que, si bien noble y necesaria, sólo tiene un final posible.
Siendo, como es, un ser libre y cada individuo, diferente, persiste en intentar resolver las variaciones que él mismo provoca.
Dejando a un lado el que la misión del individuo y del conjunto sea acercar los extremos entre el mejor acomodado y el más mísero de los pobres, nuestro destino ha sido, es, y será, de forma irremediable, el de las diferencias; pues tan inevitable como que el hombre yerre, a menudo para mal de sus iguales, es que, desde el mismo punto de partida, exista quien se considere a gusto y conforme; quien prospere y crezca y quien, por ineptitud o despiste, acabe perdiendo todo.

martes, 8 de febrero de 2011

Sin certezas

Cada vez que estoy convencida de algo
todas las casualidades en el mundo comienzan a ponerse de acuerdo
hasta conseguir demostrarme que estaba equivocada.

lunes, 3 de enero de 2011

Maquiavélico

Han cerrado CNN+, aquí en España. Un canal dedicado en exclusiva a la información, a los reportajes y a las entrevistas. Es decir, al periodismo.

Era el único canal de televisión que veía, cuando acaso me dignaba a sentarme delante de la pantalla. (Aquí he de excluir, obviamente, los sempiternos Disney Chanel y Clan, habituales de mis hijas).

Me han quitado, por lo tanto, el único medio televisivo que me apetecía utilizar cuando alguna vez me daba por informarme.

En su lugar, y en un gesto bastante significativo, han puesto una emisión 24 horas de Gran Hermano.

Al final va a ser verdad
que tenemos lo que merecemos.

domingo, 12 de diciembre de 2010

Sin remordimientos

No tengo crisis creativa; tengo crisis de tiempo. Me estoy dedicando a vivir. Y vivir es incompatible con la literatura.

viernes, 10 de diciembre de 2010

Comfortably numb

- El estado de bienestar… yo hace tiempo que habría mandado al cuerno ese estado de bienestar.


Amalia y Julia miran a Raquel, que sigue caminando hacia el bar, fumando un cigarrillo, como si no acabara de interrumpirlas.


Entran detrás de ella. Ninguna comenta nada. Se sientan a su lado en la misma mesa de siempre. Raquel apaga el cigarro contra el cenicero, como hace siempre, pero esta vez enciende otro y, reclinándose hacia atrás en la silla, prosigue:


- Os lo explicaré: Es esa sensación… como aquella canción de los setenta, ¿cómo se llamaba? Comfortably numb. Eso es. Yo diría que es como el estado de bienestar. Y no digo felicidad, porque la felicidad es estar por encima de eso. Así que dejémoslo en bienestar, o mejor dicho: en eso que la gente cree que consiste el bienestar.
Todo viene a partir de los… digamos treinta y pico o cuarenta. Ya estás casada, tienes hijos, un empleo estable, un marido que te quiere. Y de repente te das cuenta de que te han nacido responsabilidades hasta de debajo de las piedras. Responsabilidades con tu familia. Responsabilidades con tu trabajo. Hasta responsabilidades con tus amigos y vete a saber con quién más. Pero tú, lógicamente, sigues queriendo hacer cosas, tus cosas, igual que lo has hecho toda tu puñetera vida. Pero ahora no puedes hacerlas porque tienes que pensar en tus responsabilidades. Quieres salir, pero hay otras cosas que requieren tu tiempo y, por supuesto, debes ser responsable con aquello que tienes a tu cargo y, también, con aquél con quien te has comprometido. Y no hablo sólo del marido sino de cualquier persona que espera algo de ti. Una llamada de teléfono. La compra de algún artículo. Llevar a alguien en coche. Y no es que lo hagas a disgusto, ni mucho menos, pero te sigue quitando tiempo para tus cosas. Y como, por supuesto, eres responsable, dejas de hacer esas cosas que te gustan, porque son secundarias y no tienes tiempo que dedicarle. Así que te dedicas a lo importante. Sólo a lo importante. Y así, poco a poco, vas aprendiendo a aguantarte las ganas y a dejar para otro momento todo aquello que verdaderamente quieres hacer, aunque ese momento en realidad nunca llega. Y aquello que te fascinaba y a lo que antes acudías en el primer impulso, sin preocuparte siquiera si estaba bien o mal, ya no lo haces.
Antes, sólo sabías que querías hacer algo, que necesitabas hacer algo, y lo hacías. Y aunque a veces te equivocabas no importaba. Pero de repente ya eres mayor. No, no me refiero a la edad sino a hacerse responsable. Así que, como lo eres, ya no puedes ser impulsiva e irreflexiva. Ya no puedes ir por ahí haciendo lo que te da la gana. Todos esos impulsos te los tienes que aguantar, para adentro, sabiendo en realidad que nunca podrás llevarlos a cabo. Ya no te guías por tus deseos sino por tus deberes. Y cuando quieres mirar atrás te das cuenta de que a fuerza de aguantarte ya has perdido las ilusiones. Y se agotan, creedme. –Raquel aspira profundamente a través del filtro de su Ducados. Amalia y Julia la observan con atención. Ella les devuelve una mirada seria. Espira-. Pero lo peor de todo es cuando llega el momento en que tomas conciencia de que ya ni siquiera te importa. De que llevas aguantándote tanto tiempo que nada te importa. Y es entonces cuando puedes afirmar, con toda rotundidad, que absolutamente nada importa. Que ganar, es lo mismo que perder.

Eso es a lo que la gente llama madurar.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

La niña que ya no soy

Me gusta contemplar la vista desde mi ventana y, a veces, en noches como ésta, me siento delante con el equipo encendido y escucho un poco de música. Suelo dejar la mente en blanco, para que vague libremente por los recuerdos o fantasías que quieran venir a visitarme. Entonces recuerdo aquellos paseos camino a la biblioteca al salir del colegio. Me recreo, una vez más, con las mil y una historias de amor que me llevaron, en lecturas interminables, a pasar noches de desvelo a la luz de una lámpara. Y me pregunto qué habrá sido de aquel amor, de aquel concepto, idealizado e inocente, que a través de las novelas vivió en mí por un tiempo. Me pregunto qué fue, qué es y qué será de esa niña, revoltosa y crédula, a la que cada día que pasa me cuesta más recordar. Se aleja de mi memoria. Se desvanece. Se pierde entre un montón de luces artificiales. Y luego vuelve, como un fantasma susurrante al que puedo sentir pero nunca ver, para decirme al oído que fue feliz. Que encontró el camino a la sabiduría. Que llegó a conocer la pureza y que vivió en el anhelado y tranquilo lecho de la bondad. Y me cuenta que aún reside en él; que en realidad nunca lo abandonó y que vive contenta, muy lejos de mí.

Yo le sonrío y le mando un beso de amor, deseando que su felicidad perdure dondequiera que esté. Que conserve intacta para siempre su naturaleza espontánea y rebelde, indecorosa y vibrante, común a todos los niños. Luego miro por la ventana. Una serie de neones parpadeantes me hacen guiños en la distancia a través del cristal. La niña se ha ido y yo estoy sola, sentada escuchando música. Sé que volverá pero, cada vez, temo que llegue el día en que ya no regrese. Yo la espero. La llamo en mitad de la noche cuando hay silencio, cerrando los ojos con fuerza. Le pido que no se aleje. Le digo que la necesito. Pero ella ya no me responde. Sólo ríe mientras juega con otra cosa.

Hace mucho que esa niña y yo dejamos de ser la misma persona.

Las luces de la ciudad nocturna continúan parpadeando más allá del ventanal. El tiempo avanza. Los altavoces suenan.
La temperatura es agradable. Mañana estará despejado.
Oigo unos acordes. Empieza otra canción.
Sólo un par de temas más, antes de irme a dormir.