Julia teme que el arte sea finito. Teme que las palabras se agoten; que los trazos del pincel, su grosor, textura y color, ya estén marcados en alguna otra parte; o que las notas, dispuestas en el mismo orden y con la misma duración, sean todas repetidas. Se sienta y se angustia. Un poquito pero se angustia. Y piensa si esa canción que suena en la radio no será más que una mera copia inconsciente de otra anterior que ya sonó en otra radio de otro lugar. Teme que no queden frases por decir. Que no queden historias que filmar. Y piensa en ese día, el cual prevee cercano, en el que los informativos divulguen la fatal noticia de que la creatividad ha tocado techo. Que no hay nada nuevo. Que todo lo que había por crear ya está creado. Y que los artistas están condenados a generar, irremediablemente, sendos plagios de cualquier obra anterior.
Se angustia Julia; mientras se maquilla ante el espejo el lunes por la mañana. Una ligera marca rosada, cerca del pómulo, es el último vestigio de una espinilla premenstrual y traidora que ya casi ha remitido completamente. Se centra en ella, atacándola con una ligera capa de fino polvo mate, y se olvida sin querer de su perturbación sobre la finitud de lo artístico. Ahora empieza a pensar en el autobús, el regular de las siete y cuarto, que coge cada mañana. Piensa en porqué no para el conductor un poquito más allá de la parada del parque, allí donde se bajan las dos mujeres que siempre se sientan al fondo. Todos los que viajan a esa hora saben que son limpiadoras del colegio que queda al final de la calle, a más de trescientos metros, porque todos se conocen de todos los días de todas las mañanas, y cree que no importaría que el conductor dejara un poquito a un lado las normas alguna vez, y les hiciera el favor de dejarlas en la puerta. Luego piensa que no, que no se puede ofrecer un trato especial a unos y no a otros; y que alguien, también, y de forma fortuita, pudiera estar esperando para subir justo en aquella parada. Porque a veces (pocas) recogen pasajeros desconocidos. Eventuales de paso que pagan al contado porque carecen de bono para el autobús, pues es evidente que casi nunca lo utilizan. Y resuelve que no es cuestión de saltarse nada; que la ruta está bien tal cual, y que la improvisación no cabe en la rutina de la ciudad, acomodada a hacer, decir y pensar lo mismo, día tras día.
El reloj de la plaza de la estación marca las 7:47, como es habitual, cuando Julia desciende del transporte público. Accediendo por una callejuela que queda a la izquierda, se llega a un edificio moderno inspirado en la arquitectura local del siglo diecinueve. Sus balcones de forja y las cenefas de las ventanas parecen querer continuar la estética de sus vecinos, cien años más antiguos. Es algo sobre lo que Julia ha reflexionado muchas veces: el esfuerzo (no sabe muy bien de quién) por continuar un estilo que parece dominar la ciudad. Una parada en el tiempo donde alguien, o algo, dejó clavado y establecido que a partir de entonces todo cuanto se irguiese lo hiciera bajo sus líneas; con las mismas características. Ha pensado alguna vez si habrá algo escrito, un bando de alcaldía, por ejemplo, que obligue a los arquitectos a respetar la línea de construcción precedente, encallada en aquella época, que por no sacrificar la homogeneidad de las calles, apenas permite progresar. Ha divagado sobre esto algunas veces, y aún no ha decidido si le parece bien, o si le parece mal.
En el primer piso de aquel edificio de aspecto decimonónico, entre una mampara de cristal y la pared, se encuentra su mesa de trabajo. Frente al asiento, sobre el tablero, hay un monitor, un teclado y un ratón. Debajo está el ordenador, al lado de la cajonera. A la izquierda, en una pequeña mesa auxiliar, varias carpetas descansan sobre manuales de diseño gráfico y publicidad. A la derecha del monitor hay una caja de clips, un cubilete con lápices, bolígrafos y rotuladores, una grapadora, y una alfombrilla naranja en forma de flor. En la esquina, un pequeño poto deja caer sus hojas desde el filo, añadiendo un toque de color. Plantado en la tierra de su maceta, un gnomo de barro sonríe de forma apacible mientras observa el paso del tiempo. No hay nada más a la vista. Todo está recogido y en su puesto. Las luces están encendidas y alguien acaba de poner en funcionamiento el motor del aire acondicionado, que empieza a enfriar la estancia. A lo largo de la planta van llegando dos, tres personas, que ocupan sus asientos en silencio tras breves saludos matutinos. Ninguno de ellos es Julia. Ella aún está en la plaza de la estación, con la vista vuelta hacia la callejuela. Arrastra en su mano derecha un pequeño trolley con ruedas. Sobre su hombro izquierdo lleva una bolsa de viaje. Se detiene unos segundos. Desde su posición puede ver el perfil del edificio de oficinas donde trabaja, e incluso adivinar la luz que sale de los ventanales del primer piso. Lo contempla unos instantes y luego continúa su camino, en sentido opuesto. Hoy su mesa de trabajo quedará vacía. Hoy no irá a trabajar. Hoy, esta mañana, Julia va a coger un tren.
lunes, 31 de agosto de 2009
Más allá de la tristeza
Quizá he muerto
y no lo sepa.
Una densa niebla ha pasado por encima de mí
y se ha llevado cualquier atisbo de humor que pudiera quedarme.
No recuerdo cuándo fue la última vez que reí
o lloré.
No escucho ningún sonido desde hace años.
Nadie me habla.
A nadie hablo.
He encontrado un cuarto al final del pasillo,
que está recién pintado.
Me he encerrado en él
y he rogado a gritos a través de la puerta
que no me dejen salir.
(Junio 2009)
y no lo sepa.
Una densa niebla ha pasado por encima de mí
y se ha llevado cualquier atisbo de humor que pudiera quedarme.
No recuerdo cuándo fue la última vez que reí
o lloré.
No escucho ningún sonido desde hace años.
Nadie me habla.
A nadie hablo.
He encontrado un cuarto al final del pasillo,
que está recién pintado.
Me he encerrado en él
y he rogado a gritos a través de la puerta
que no me dejen salir.
(Junio 2009)
miércoles, 19 de agosto de 2009
Es la paz
Ahora que estamos en época de vacaciones y descanso, aprovecho para afrontar pequeñas tareas pendientes que he estado aplazando a lo largo del año. Así, reorganizando un poco papeles, carpetas y cuadernos antiguos, me he encontrado con este texto que dejo a continuación. Es bastante conocido -y utilizado- en clases de religión y en el mundo católico en general. De hecho, creo recordar que fue en catequesis donde me lo entregaron, en aquel grupo al que llamaban de perseverancia, y que componíamos un pequeño reducto de niños preadolescentes recién comulgados, los que, quizá más por tradición y por no defraudar a nuestros padres, que por verdadera vocación, continuábamos, una vez por semana, asistiendo a las charlas catecumenales.
De aquel pequeño grupo que quedó tras las celebraciones de la Primera Comunión, se fueron desprendiendo, poquito a poco y a pequeños puñados, hasta quedar apenas dos o tres supervivientes que, aún poniendo toda nuestra santa voluntad, no conseguimos aguantar el tedio de la charla religiosa –que a fin de cuentas era voluntaria- más que uno o dos años. Ninguno se quedó lo suficiente para llegar a confirmarse.
De aquella época, poco queda. Ni la fe –si la había-, ni el interés ni las ganas, que eran pocas. Sólo este papel, y me atrevería a decir que milagrosamente, ha sobrevivido todos estos años conmigo. Ya ha llovido desde entonces, y mucho más desde que estas palabras fueron dichas, pero, prescindiendo de alusiones a divinidades y de creencias de las que ahora carezco, aún conserva un cierto atino, una exactitud en el mensaje, que consigue mover algo dentro de mí. Me invita a reflexionar y me transmite sosiego, pero sobre todo la tan añorada paz interior que todos buscamos.
Lo que más me gusta es el comienzo: “Hay que hacer la guerra más dura, la guerra contra uno mismo.”
“Hay que hacer la guerra más dura, que es la guerra contra uno mismo. Hay que llegar a desarmarse. Yo he hecho esta guerra durante muchos años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado. Ya no tengo miedo a nada, ya que el amor destruye el temor. Estoy desarmado de la voluntad de tener razón, de justificarme descalificando a los demás. No estoy en guardia, celosamente crispado sobre mis riquezas. Acojo y comparto. No me aferro a mis ideas ni a mis proyectos. Si me presentan otros mejores, o ni siquiera mejores sino buenos, los acepto sin pesar. He renunciado a hacer comparaciones. Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor. Por eso ya no tengo miedo. Cuando ya no se tiene nada, ya no se tiene temor. Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible. ¡Es la Paz!”
Atenágoras I, patriarca de Constantinopla (1886-1972)
De aquel pequeño grupo que quedó tras las celebraciones de la Primera Comunión, se fueron desprendiendo, poquito a poco y a pequeños puñados, hasta quedar apenas dos o tres supervivientes que, aún poniendo toda nuestra santa voluntad, no conseguimos aguantar el tedio de la charla religiosa –que a fin de cuentas era voluntaria- más que uno o dos años. Ninguno se quedó lo suficiente para llegar a confirmarse.
De aquella época, poco queda. Ni la fe –si la había-, ni el interés ni las ganas, que eran pocas. Sólo este papel, y me atrevería a decir que milagrosamente, ha sobrevivido todos estos años conmigo. Ya ha llovido desde entonces, y mucho más desde que estas palabras fueron dichas, pero, prescindiendo de alusiones a divinidades y de creencias de las que ahora carezco, aún conserva un cierto atino, una exactitud en el mensaje, que consigue mover algo dentro de mí. Me invita a reflexionar y me transmite sosiego, pero sobre todo la tan añorada paz interior que todos buscamos.
Lo que más me gusta es el comienzo: “Hay que hacer la guerra más dura, la guerra contra uno mismo.”
“Hay que hacer la guerra más dura, que es la guerra contra uno mismo. Hay que llegar a desarmarse. Yo he hecho esta guerra durante muchos años. Ha sido terrible. Pero ahora estoy desarmado. Ya no tengo miedo a nada, ya que el amor destruye el temor. Estoy desarmado de la voluntad de tener razón, de justificarme descalificando a los demás. No estoy en guardia, celosamente crispado sobre mis riquezas. Acojo y comparto. No me aferro a mis ideas ni a mis proyectos. Si me presentan otros mejores, o ni siquiera mejores sino buenos, los acepto sin pesar. He renunciado a hacer comparaciones. Lo que es bueno, verdadero, real, para mí siempre es lo mejor. Por eso ya no tengo miedo. Cuando ya no se tiene nada, ya no se tiene temor. Si nos desarmamos, si nos desposeemos, si nos abrimos al hombre-Dios que hace nuevas todas las cosas, nos da un tiempo nuevo en el que todo es posible. ¡Es la Paz!”
Atenágoras I, patriarca de Constantinopla (1886-1972)
lunes, 3 de agosto de 2009
Camino a La Paloma
Mi mamita me cogía las manos cuando iba a dormir, y entre sus dedos despacito repasaba mis falanges. Me decía que así la noche traería buenos sueños, y que no tendría miedo a la oscuridad. Y mientras esto hacía, me contaba el cuento de Aladino y su lámpara maravillosa.
Cuando se marchaba apagaba la luz, y yo no tenía miedo, porque ella hacía magia con sus dedos, y yo llevaba esa magia en mis manos. Y soñaba con genios escondidos y con deseos concedidos. Y nada, nada, nada me perturbaba
Cuando se marchaba apagaba la luz, y yo no tenía miedo, porque ella hacía magia con sus dedos, y yo llevaba esa magia en mis manos. Y soñaba con genios escondidos y con deseos concedidos. Y nada, nada, nada me perturbaba
martes, 21 de julio de 2009
Equilibrio
Hoy soñé con un extraño
que no era ni más alto ni más guapo
ni más feo ni más bajo
sólo era un extraño
y en él me miraba
y me veía diferente
en un camino nuevo
y era más yo que nunca
y todo estaba en equilibrio
y al despertar ya no me dolías
y todo estaba en equilibrio
que no era ni más alto ni más guapo
ni más feo ni más bajo
sólo era un extraño
y en él me miraba
y me veía diferente
en un camino nuevo
y era más yo que nunca
y todo estaba en equilibrio
y al despertar ya no me dolías
y todo estaba en equilibrio
lunes, 20 de julio de 2009
El marido de tía Gloria
Dice mi madre que el marido de tía Gloria fue un hombre que vivió y murió enamorado, y que a pesar de todas las penurias que pasó por culpa de su mujer, jamás dejó de amarla. Mi padre, en cambio, dice que era un calzonazos y un cobarde, y que debería existir un calificativo que diferenciara a los hombres de verdad de aquéllos como mi tío.
Yo creo, que los dos están equivocados.
Mi tía Gloria era una mujer muy poco convencional, y no sólo para su época. Si las murmuraciones pudieran convertirse en hojas impresas, mi tía podría haber empapelado por entero la catedral, por dentro y por fuera. Conocidos son de todos el río de amantes que pasó por su cama y las vueltas y cambios de parecer, a capricho y sin razón, que traían por la calle de la amargura a mi pobre tío.
Seis veces cambiaron de casa. La primera era muy fría. La segunda muy calurosa. La tercera muy ruidosa, y la cuarta, demasiado alejada de todo. Sobre la quinta y la sexta, aunque las excusas que pusieron fueron, primero, estar más cerca del trabajo de mi tío, y, después, más cerca de la familia de ella, parece ser que la verdadera razón fue por causa de aquel hombre, su último amante, de quien se enamoró realmente y por primera vez en su vida, y quien al final acabó con ella.
Mi tío, mientras tanto, y a sabiendas del uso arbitrario e infantil que hacía tía Gloria de la vida de ambos, aceptaba –que sepamos sin rechistar- cada nuevo aire o acompañante nocturno que a ella se le antojara. Las primeras veces, dice mi madre, fueron las más difíciles. Nos consta que la quería, al menos al principio. Cuántas veces me habrán relatado la boda de mi tía, aquello de “Fue la única vez que se recuerda en toda la familia que las lágrimas de felicidad las vertía el novio y no la novia”, y mi tía, hermosa y deslumbrante, sonriente y encantadora como sólo ella sabía serlo, encandilando a los invitados con una dulzura natural que sacaba, cuando quería, sólo Dios sabe de dónde.
Las idas y venidas comenzaron, según comentan, al segundo año de casados. Mi madre, me contó en confidencia que la vez que mi tío se enteró de lo infiel de su esposa, ella estaba con él, puesto que fue a buscarla porque tía Gloria estaba tardando más de lo acostumbrado. Cuando aquella noche, buscándola entre las calles, la vio al fin a lo lejos, caminando abrazada a otro hombre y entrando en otra casa, dice mi madre que mi tío cogió su rabia y su tristeza y esperó, calle abajo, a que saliera. Según mi madre allí pasó toda la noche, llorando por el amor roto que acababa de hacer pedazos su corazón. También me contó que a pesar de ello, y entre lágrimas de impotencia, aún le quedaba hueco para preocuparse por ella, y que se lamentaba de la inconsciencia de mi tía, quejándose porque, decía, se había ido con “cualquiera que vete a saber lo que podría hacer con ella si se le antojaba”. Y así esperó, triste, enfermo y preocupado, y vigilando el lugar, no vaya a ser que le fuera a pasar algo a su mujer.
Mi tío, como era de suponer, intentó recuperar su matrimonio. Dicen que habló con ella, que intentó cambiar. Que comenzó a complacerla, más si cabe, en todo lo que ella quería. Mi tía, por su parte, parecía querer enmendarse y hasta dicen que lo intentó, que trató de encontrar en su marido lo que sólo encontraba en otros hombres. Pero, tan cierto como que la cabra tira al monte, y el río al mar, la reincidencia de mi tía era sólo cuestión de tiempo. No le faltó, sin embargo, un poco de compasión con mi tío, ajado por la desilusión y la apatía, y comenzó a salir a escondidas de él, por no hacerle daño y por que no se preocupara, esperando a la madrugada y al sueño profundo de su marido para escabullirse. Él, cuando se dio cuenta, se enfadó con ella. Pero consciente de que aquello no había forma de remediarlo, resolvió asegurarse personalmente de que nada le ocurría, y terminó por llevarla él mismo, para que no fuera sola, y recogerla, cada vez que salía.
Al final… pasó lo que tenía que pasar. Mi tío, enamorado o no, seguía siendo un hombre que necesitaba cubrir unas necesidades, y acabó saliendo con otra mujer. Una camarera de un bar cercano al puerto, que le dio el cariño y la compañía que le negaba su esposa, y con quien terminó casándose un año después de la muerte de aquélla. Un año que guardó de luto y por respeto a quien le había hecho tanto daño, comportándose como es debido hasta después de su muerte.
Sobre mi tía y su último amor, sólo sé que fue el principio de su decadencia. Cuando él la abandonó –el primer abandono que sufrió de ningún hombre en toda su vida-, jamás volvió a recuperarse. Dejó de salir. Dejó de comer. Dejó de hacer y recibir visitas, y acabó enfermando. Y mi tío la cuidó hasta el último minuto de su vida. Dejándola sólo en los ratos en los que mi madre se llegaba a sucederle para los cuidados; ratos que él aprovechaba para visitar a su querida, que en la discreción y la confianza mutua lo esperaba pacientemente.
El porqué no se deshizo de mi tía cuando pudo, o porqué no la acusó públicamente para despecharla como mujer infiel… Según mi madre, fue por amor. Según mi padre, por cobardía. Pero yo creo que fue por bondad. Creo que mi tío tenía un corazón tan grande, que incluso en la miseria de una persona tan egoísta como fue mi tía en vida, pudo ver más allá de las apariencias y descubrir a un ser indefenso y frágil, abandonado, igual que él, por la persona que amaba, y necesitado de más amor y cuidados de los que él había necesitado jamás.
No la abandonó, a pesar del daño, y a pesar de haber encontrado otro hogar en el que era querido y necesitado. Se dedicó a confortarla y comprenderla, y a darle el cariño que ella no había sabido darle a él.
Mirando atrás, me resulta curioso que una mujer como mi tía, que había vivido para sí misma y a quien no parecía importarle nadie salvo su propia persona, acabara sus días muriendo por amor.
De su último amante, poco se sabe. Dicen que mi tío lo conoció cuando fue a buscarlo la noche en que murió su esposa, y que le dijo No te la merecías, pero te la has llevado.
Incluso después de su muerte tuvo la dignidad de defender ante el amante el valor de su esposa.
Después de aquello, vivió sus días en paz
Yo creo, que los dos están equivocados.
Mi tía Gloria era una mujer muy poco convencional, y no sólo para su época. Si las murmuraciones pudieran convertirse en hojas impresas, mi tía podría haber empapelado por entero la catedral, por dentro y por fuera. Conocidos son de todos el río de amantes que pasó por su cama y las vueltas y cambios de parecer, a capricho y sin razón, que traían por la calle de la amargura a mi pobre tío.
Seis veces cambiaron de casa. La primera era muy fría. La segunda muy calurosa. La tercera muy ruidosa, y la cuarta, demasiado alejada de todo. Sobre la quinta y la sexta, aunque las excusas que pusieron fueron, primero, estar más cerca del trabajo de mi tío, y, después, más cerca de la familia de ella, parece ser que la verdadera razón fue por causa de aquel hombre, su último amante, de quien se enamoró realmente y por primera vez en su vida, y quien al final acabó con ella.
Mi tío, mientras tanto, y a sabiendas del uso arbitrario e infantil que hacía tía Gloria de la vida de ambos, aceptaba –que sepamos sin rechistar- cada nuevo aire o acompañante nocturno que a ella se le antojara. Las primeras veces, dice mi madre, fueron las más difíciles. Nos consta que la quería, al menos al principio. Cuántas veces me habrán relatado la boda de mi tía, aquello de “Fue la única vez que se recuerda en toda la familia que las lágrimas de felicidad las vertía el novio y no la novia”, y mi tía, hermosa y deslumbrante, sonriente y encantadora como sólo ella sabía serlo, encandilando a los invitados con una dulzura natural que sacaba, cuando quería, sólo Dios sabe de dónde.
Las idas y venidas comenzaron, según comentan, al segundo año de casados. Mi madre, me contó en confidencia que la vez que mi tío se enteró de lo infiel de su esposa, ella estaba con él, puesto que fue a buscarla porque tía Gloria estaba tardando más de lo acostumbrado. Cuando aquella noche, buscándola entre las calles, la vio al fin a lo lejos, caminando abrazada a otro hombre y entrando en otra casa, dice mi madre que mi tío cogió su rabia y su tristeza y esperó, calle abajo, a que saliera. Según mi madre allí pasó toda la noche, llorando por el amor roto que acababa de hacer pedazos su corazón. También me contó que a pesar de ello, y entre lágrimas de impotencia, aún le quedaba hueco para preocuparse por ella, y que se lamentaba de la inconsciencia de mi tía, quejándose porque, decía, se había ido con “cualquiera que vete a saber lo que podría hacer con ella si se le antojaba”. Y así esperó, triste, enfermo y preocupado, y vigilando el lugar, no vaya a ser que le fuera a pasar algo a su mujer.
Mi tío, como era de suponer, intentó recuperar su matrimonio. Dicen que habló con ella, que intentó cambiar. Que comenzó a complacerla, más si cabe, en todo lo que ella quería. Mi tía, por su parte, parecía querer enmendarse y hasta dicen que lo intentó, que trató de encontrar en su marido lo que sólo encontraba en otros hombres. Pero, tan cierto como que la cabra tira al monte, y el río al mar, la reincidencia de mi tía era sólo cuestión de tiempo. No le faltó, sin embargo, un poco de compasión con mi tío, ajado por la desilusión y la apatía, y comenzó a salir a escondidas de él, por no hacerle daño y por que no se preocupara, esperando a la madrugada y al sueño profundo de su marido para escabullirse. Él, cuando se dio cuenta, se enfadó con ella. Pero consciente de que aquello no había forma de remediarlo, resolvió asegurarse personalmente de que nada le ocurría, y terminó por llevarla él mismo, para que no fuera sola, y recogerla, cada vez que salía.
Al final… pasó lo que tenía que pasar. Mi tío, enamorado o no, seguía siendo un hombre que necesitaba cubrir unas necesidades, y acabó saliendo con otra mujer. Una camarera de un bar cercano al puerto, que le dio el cariño y la compañía que le negaba su esposa, y con quien terminó casándose un año después de la muerte de aquélla. Un año que guardó de luto y por respeto a quien le había hecho tanto daño, comportándose como es debido hasta después de su muerte.
Sobre mi tía y su último amor, sólo sé que fue el principio de su decadencia. Cuando él la abandonó –el primer abandono que sufrió de ningún hombre en toda su vida-, jamás volvió a recuperarse. Dejó de salir. Dejó de comer. Dejó de hacer y recibir visitas, y acabó enfermando. Y mi tío la cuidó hasta el último minuto de su vida. Dejándola sólo en los ratos en los que mi madre se llegaba a sucederle para los cuidados; ratos que él aprovechaba para visitar a su querida, que en la discreción y la confianza mutua lo esperaba pacientemente.
El porqué no se deshizo de mi tía cuando pudo, o porqué no la acusó públicamente para despecharla como mujer infiel… Según mi madre, fue por amor. Según mi padre, por cobardía. Pero yo creo que fue por bondad. Creo que mi tío tenía un corazón tan grande, que incluso en la miseria de una persona tan egoísta como fue mi tía en vida, pudo ver más allá de las apariencias y descubrir a un ser indefenso y frágil, abandonado, igual que él, por la persona que amaba, y necesitado de más amor y cuidados de los que él había necesitado jamás.
No la abandonó, a pesar del daño, y a pesar de haber encontrado otro hogar en el que era querido y necesitado. Se dedicó a confortarla y comprenderla, y a darle el cariño que ella no había sabido darle a él.
Mirando atrás, me resulta curioso que una mujer como mi tía, que había vivido para sí misma y a quien no parecía importarle nadie salvo su propia persona, acabara sus días muriendo por amor.
De su último amante, poco se sabe. Dicen que mi tío lo conoció cuando fue a buscarlo la noche en que murió su esposa, y que le dijo No te la merecías, pero te la has llevado.
Incluso después de su muerte tuvo la dignidad de defender ante el amante el valor de su esposa.
Después de aquello, vivió sus días en paz
Misterios de mi vida: misterio número 1
Tendría seis o siete años, no más, y era una tarde de verano. De esas tardes en las que el sol castigaba a conciencia la ropa tendida y la pintura de los portales, y la siesta, acatada de forma religiosa y en masa, se dilataba en horas delante del televisor.
A poco que uno se molestara en escuchar, se podía oír con claridad la recogida de platos y la sintonía final del Telediario sonando en todas y cada una de las casas. En la calle, nadie. Sólo yo. Huyendo de un hogar con más gente que espacio y en el que, a esta hora, no había hueco ni paciencia para juegos infantiles.
Llevaba, en una mano, una pelota de tenis. En la otra, nada. Y ya está. Sólo necesitaba una pared a la que importunar y donde practicar una especie de pelota vasca, solitaria y repetida. Bote, mano, pared. Bote, mano, pared.
El problema, aquella misma tarde, era que no tenía pared en la que jugar. Justo el día anterior, un vecino por encima del local desocupado que me servía de frontón me había advertido, con la impaciencia y las malas maneras con que los adultos suelen dar a los niños su primer aviso, que me fuera a botar la “dichosa pelotita” a otra parte. Y yo, obediente, me había ido a otra parte. A mi casa, concretamente.
Pero esa tarde, ya no podía quedarme en casa. Y allí estaba. En la calle. Con pelota, y sin pared.
Vivía en el bloque de enfrente, en el bajo, una anciana (no diré adorable) llamada Lola. Lolaladelbajo. Así, todo junto. Más conocida como La Lola de España -mote posterior asignado por alguno de los más revoltosos de la calle, y sacado de algún anuncio sobre La Moda de España con el que por aquél entonces nos bombardeaba El Corte Inglés-.
Lola, como digo, vivía allí, en el bajo. A pie de calle. Con la pared de su dormitorio colindante con el área de juego infantil; la gran tentación –y las pocas luces del arquitecto- enfrente de nosotros los niños, y a la que evitábamos con la fuerza de voluntad que sólo puede dar la necesidad.
Porque nadie se atrevía a molestar a Lola. Ya fuera por la mañana, por la tarde o a mediodía. Sus regañinas eran terribles, severas. Lola era ese personaje que cada vez que se hacía presente nos paralizaba a todos, haciendo que nos preguntásemos, interiormente, si vendría por alguno de nosotros o si salía simplemente a dar un paseo.
Implacable Lola.
Solitaria Lola.
No calificaré de atrevido, ni siquiera de inconsciente, lo que hice aquella tarde de verano. Sabía que Lola estaba en casa, la había visto bajar la persiana de su cuarto un rato antes. Y sabía lo que iba a suceder. Quizá no se me ocurría nada mejor, o sólo buscaba una excusa para marcharme a casa de nuevo, pero me levanté, cogí mi pelota, y comencé a botarla contra la pared de Lola.
No puedo asegurar cuánto tiempo estuve jugando. Una hora. Dos. No lo sé. Lo único que recuerdo, y que se ha convertido en uno de los misterios más grandes de cuantos me han sucedido, es que Lola no salió a reprenderme. No salió.
Pasó la tarde. Se acabó el juego. Bajaron otros niños. Y por fin llegó el atardecer, y con él la fresca, que era esa brisa de noche veraniega que despierta calles y gentes. Las vecinas también bajaron, con sus sillas plegables a charlar en las aceras. Los vecinos al bar, por su copita en la terraza. Y Lola salió de su casa, equipada también con una silla, y sin decir nada, se sentó junto a las demás bajo la luz de las farolas.
Ni siquiera me miró. Ni siquiera parecía molesta.
Tuve un momento de reflexión, en el que decidí no volver a tentar la suerte. Y es que aquella vez, fue la primera y única que jugué en la pared de Lola.
A poco que uno se molestara en escuchar, se podía oír con claridad la recogida de platos y la sintonía final del Telediario sonando en todas y cada una de las casas. En la calle, nadie. Sólo yo. Huyendo de un hogar con más gente que espacio y en el que, a esta hora, no había hueco ni paciencia para juegos infantiles.
Llevaba, en una mano, una pelota de tenis. En la otra, nada. Y ya está. Sólo necesitaba una pared a la que importunar y donde practicar una especie de pelota vasca, solitaria y repetida. Bote, mano, pared. Bote, mano, pared.
El problema, aquella misma tarde, era que no tenía pared en la que jugar. Justo el día anterior, un vecino por encima del local desocupado que me servía de frontón me había advertido, con la impaciencia y las malas maneras con que los adultos suelen dar a los niños su primer aviso, que me fuera a botar la “dichosa pelotita” a otra parte. Y yo, obediente, me había ido a otra parte. A mi casa, concretamente.
Pero esa tarde, ya no podía quedarme en casa. Y allí estaba. En la calle. Con pelota, y sin pared.
Vivía en el bloque de enfrente, en el bajo, una anciana (no diré adorable) llamada Lola. Lolaladelbajo. Así, todo junto. Más conocida como La Lola de España -mote posterior asignado por alguno de los más revoltosos de la calle, y sacado de algún anuncio sobre La Moda de España con el que por aquél entonces nos bombardeaba El Corte Inglés-.
Lola, como digo, vivía allí, en el bajo. A pie de calle. Con la pared de su dormitorio colindante con el área de juego infantil; la gran tentación –y las pocas luces del arquitecto- enfrente de nosotros los niños, y a la que evitábamos con la fuerza de voluntad que sólo puede dar la necesidad.
Porque nadie se atrevía a molestar a Lola. Ya fuera por la mañana, por la tarde o a mediodía. Sus regañinas eran terribles, severas. Lola era ese personaje que cada vez que se hacía presente nos paralizaba a todos, haciendo que nos preguntásemos, interiormente, si vendría por alguno de nosotros o si salía simplemente a dar un paseo.
Implacable Lola.
Solitaria Lola.
No calificaré de atrevido, ni siquiera de inconsciente, lo que hice aquella tarde de verano. Sabía que Lola estaba en casa, la había visto bajar la persiana de su cuarto un rato antes. Y sabía lo que iba a suceder. Quizá no se me ocurría nada mejor, o sólo buscaba una excusa para marcharme a casa de nuevo, pero me levanté, cogí mi pelota, y comencé a botarla contra la pared de Lola.
No puedo asegurar cuánto tiempo estuve jugando. Una hora. Dos. No lo sé. Lo único que recuerdo, y que se ha convertido en uno de los misterios más grandes de cuantos me han sucedido, es que Lola no salió a reprenderme. No salió.
Pasó la tarde. Se acabó el juego. Bajaron otros niños. Y por fin llegó el atardecer, y con él la fresca, que era esa brisa de noche veraniega que despierta calles y gentes. Las vecinas también bajaron, con sus sillas plegables a charlar en las aceras. Los vecinos al bar, por su copita en la terraza. Y Lola salió de su casa, equipada también con una silla, y sin decir nada, se sentó junto a las demás bajo la luz de las farolas.
Ni siquiera me miró. Ni siquiera parecía molesta.
Tuve un momento de reflexión, en el que decidí no volver a tentar la suerte. Y es que aquella vez, fue la primera y única que jugué en la pared de Lola.
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