lunes, 22 de marzo de 2010

Misterios de mi vida: misterio número 2

Ocurrió en el verano de 1985. Papá había muerto a principios de aquel año y, quizá como compensación, nos llevaron a pasar el mes de julio a una residencia. Pasillos eternos con literas en todas las habitaciones. Piscina en la planicie que se abría ante la fachada. Personal de animación. Deporte para los mayores y juegos para los pequeños. Un salón buffet enorme que nos reunía a todos los huéspedes en el desayuno, almuerzo y cena, y un pequeño bosque de pinos tras el inmenso bloque principal.

Llegamos una mañana de lunes, cálida y tranquila, mi hermano Javi, mi hermana Almudena y yo. Mamá, de luto riguroso, también nos acompañaba.

Nos asignaron una habitación, austera pero impoluta, con una litera y dos camas, y con salida a la gran terraza que comunicaba toda la planta. Desde allí, desde la gran baranda que circundaba el edificio, se veían, por un lado, las altas montañas de la sierra, todavía un poco nevadas y, hacia el otro, las llanuras del valle frondoso, y las pequeñas casas blancas de Cogollos-Vega, que nos saludaban al despertar.

Mamá se levantaba temprano. Acostumbraba a caminar por los alrededores antes del desayuno. Le gustaba respirar la humedad del rocío matutino y pasear entre la neblina del amanecer, antes de que el sol de verano inundara de calor las horas centrales del día.
Casi siempre llegaba acompañada por otros huéspedes, madrugadores como ella y, charlando, abría la puerta de la habitación para acabar de despertarnos. Luego nos vestíamos, un poco a regañadientes, y bajábamos al salón-buffet.
El resto del tiempo, fuera del horario de las comidas, era un estar o hacer que cada uno se administraba como quería.

Aquella mañana, mamá había decidido marchar a una salida programada; una visita a un pueblo cercano, de calles en cuesta e iglesia medieval. Javi y Almudena, por su parte, se apuntaron a clases de tenis; que gustosamente habría secundado de no ser porque mis bracitos de diez años apenas podían aguantar, siquiera unos minutos, el golpeo de la raqueta. Así fue cómo, sola y sin nada mejor en que ocuparme, me sucedió el segundo gran misterio de mi vida.

Me encontraba en la piscina. Apenas un par de huéspedes tomando el sol y un grupo de niños compartían conmigo agua, césped y hamacas. Yo estaba en la parte honda, haciendo como que nadaba, pero sin nadar realmente. Observaba a los otros niños, que jugaban a la pelota, en la parte más baja.

Desde mi extremo me agarraba a la barra. A mi seguro salvavidas que me evitaba caer al fondo. Contemplaba a los niños, compitiendo a grandes brazadas. Sumergiéndose y volviendo a respirar. A ratos, también, me observaba a mí misma. Miraba el fondo. El suelo claro y azul a través de las ondas transparentes. El silencio de mis manos bajo el agua. De mis pies suspendidos sobre la superficie de azulejos. Mi cuerpo de niña, flotando entre cristal.

Había calma. Una calma extraña y envolvente, que borraba todo alrededor. Nada existía, salvo yo y el agua. Salvo el sol de julio y el aire, muy leve, que agitaba las hojas. Entonces sentí paz, la más extensa y absoluta que se puede concebir. Y sin siquiera pensarlo, me agarré con mis manos al filo, y sumergí mi cabeza y mi cuerpo.

Estaba bien. Muy bien. Tan tranquila como en un sueño. Con mis ojos cerrados bajo el silencio. Nada era importante. Respirar no era importante. Mis pensamientos volaban lejos. Lejos de los otros niños. Lejos de mí. Mi cuerpo estaba detenido, en algún lugar entre el espacio y la nada. Entre el ajetreo de las voces, cada vez menos audibles, de las zambullidas y de los saltos, al otro extremo de la piscina.

Una mano me sacó del agua. Era un joven adolescente de edad similar a la de mi hermano. Me observaba preocupado. Me preguntó si estaba bien.
Yo le respondí con extrañeza. Jamás había estado tan bien en toda mi vida.

Los niños habían dejado de jugar y los adultos de tomar el sol. Todos me miraban. Entonces comprendí. ¿Cuánto rato había estado sumergida?

Lo único que se me ocurrió fue echar a correr camino de la residencia.


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Es curioso cómo, a veces, la claridad y las sombras pueden invertir los sentimientos.
Aquella noche tuve miedo. Miedo al recordar. En mi mente infantil, imaginaba que era así como morían los ahogados; sumergidos bajo el agua creyendo que, en realidad, aún estaban vivos.
Me veía a mí misma devorada por las aguas y rescatada, por una suerte que no supe aventurar, gracias a la mano de aquel muchacho.

Estos pensamientos me llevaron hasta la madrugada. La oscuridad dio paso a la luz y, por fin, trajo el nuevo día. Y fue al amanecer cuando empezaron a acudir muchas preguntas que habían quedado sin respuesta. Por qué, si de verdad me estaba ahogando, me sentía tan bien y, sobre todo, qué habría pasado de haber estado sola.

La claridad se había llevado el miedo y dejaba, en su lugar, el deseo de saber.

Había silencio a mediodía. Se escuchaba, agitado por los motores, el leve rumor del agua que sólo yo importunaba. No había brisa que agitara los árboles, y apenas el trinar de algún pájaro lejano llenaba bajo el sol la soledad del lugar.
Nadé, por la orilla, hasta el final. Respiré varias veces. Me agarré de la barra y me dejé hundir.

No hay forma de describir la sensación de aquel momento, salvo de paz absoluta. Estaba consciente. Me sabía bajo el agua. Y parecía ése un detalle de tan poca importancia que de nuevo me dejé llevar. No cabía en aquel espacio hueco alguno para las reglas de la biología. No había sentidos, ni razón, ni dolor. Sólo el dulce y eterno vaivén, y el lento y constante fluir de uno mismo, entre dos mundos paralelos.

Nadie había en la piscina. Tampoco en los alrededores.Nadie.Y no sabía cuánto tiempo llevaba en el agua.
¿Había muerto? Me asusté; tanto que yo misma decidí salir. Caminar hacia el recinto. Llegar donde hubiese más gente. Donde alguien me viera, me reconociera y me hablara. Necesitaba saber que era yo. Que seguía estando viva. Que no era un espectro.

Tardé varios días en volver a la piscina, y otros tantos en compartir lo ocurrido con mis hermanos. Almudena estaba fascinada, diría que encantada, con mi relato. Javi, en cambio, no dijo nada. Calló. Al menos hasta el día siguiente. Fue por la tarde, cuando estábamos a solas, cuando me confesó que a él le había pasado lo mismo. Había estado nadando y, al llegar al final, se había agarrado a la barra, igual que hiciera yo días atrás y, con total tranquilidad, se había sumergido. Afirmó que podría haber estado todo el día bajo el agua, de no ser porque una mujer, al rato, lo zarandeó por temor a que le hubiera pasado algo.

El hecho de compartir aquel suceso con mi hermano hacía lo ocurrido aún más asombroso; y me incitaba, esta vez en compañía, a probar de nuevo.Pero a veces los misterios existen para no ser descubiertos. Ni siquiera tuvimos ocasión de intentarlo.
Alguien le contó a mamá lo de la mujer y el muchacho que nos sacaron a Javi y a mí de la piscina. Mamá se alarmó muchísimo y nos prohibió volver a nadar solos.
A partir de entonces nos acompañaba en cada salida, e incluso entraba en el agua con nosotros. Luego acabó julio, y por fin regresamos a casa.
Nunca volvimos a aquel lugar. La residencia quedó, como quedan tantas cosas, sólo en nuestra memoria. Y sobre todo aquella piscina, que se dibujaba solitaria en mitad de la planicie.
A veces la recuerdo, aún con mi mente de niña, y me sumerjo entre sus aguas cuando quiero encontrar paz. La brisa sigue revoloteando entre las hojas, y mis manos, aferrándose a la barra, parecen querer mantener esa pequeña conexión con el mundo real.


Hoy en día, desde la sierra, se puede ver todavía un punto en mitad del valle. Es la residencia de verano. La gran residencia que, por aquél entonces, acogía a sus huéspedes en los meses de estío. Aún permanece en pie a pesar del tiempo. Conservando para siempre el misterio, en aquel lugar de Cogollos-Vega.

miércoles, 27 de enero de 2010

¿Catástrofe natural o catástrofe social?

Hace un par de semanas el mundo quedó conmocionado por la catástrofe de Haití. Tuvo que ser el país más pobre de América, precisamente, el que se viera sacudido por un fuerte terremoto. Y es que a veces la mala suerte parece tocar a quien menos la necesita. Desde entonces, han sido innumerables las muestras de solidaridad desde todos los puntos del planeta. Donaciones, conciertos benéficos y hasta voluntarios se han ofrecido para auxiliar a los damnificados; ayudas que han llegado al país caribeño desde organizaciones privadas y públicas, desde empresas y ciudadanos anónimos.

Todo esto, sin embargo, y a pesar de ser más que loables los esfuerzos desinteresados de millones de personas, llega demasiado tarde para las 150000 víctimas mortales. Lo voy a repetir porque a veces no se captan bien las ideas con una sola lectura: ciento cincuenta mil víctimas. No, no estoy hablando de coches, ni de almohadas, ni de malditos euros. Estoy hablando de personas. Gente. Con un nombre y un apellido. Con familia y con amigos con los que estar o charlar. Con allegados con los que pelearse y reconciliarse. Con las mismas rutinas de cualquiera: madrugar, hacer la compra o salir un viernes por la noche. Con sueños y con metas. Con habilidades y con torpezas. Lo dicho: gente.

Ahora puede que alguno se pregunte por qué estoy hablando de esas 150000 personas. ¿Acaso podríamos haber hecho algo antes de que el temblor sacudiese la tierra? ¿Es posible, quizá, predecir un terremoto o hacerlo al menos con la suficiente antelación para evacuar la zona? La respuesta a la segunda pregunta es evidente: no. La respuesta a la primera, me temo, es sí.

Es verdad que una catástrofe natural es, casi siempre, ajena a la obra del hombre; pero muy a menudo no lo son sus consecuencias. ¿O es menos cierto que las casas mejor construidas, aquéllas bien diseñadas y de fuertes cimientos, han resistido el seísmo sin mayores contratiempos? ¿Qué hubiera ocurrido si, en vez de una masificación de semi-edificios mal amontonados, Puerto Príncipe hubiese sido, en su totalidad, una ciudad con una buena planificación urbanística y demográfica? ¿Estaríamos hablando de ciento cincuenta mil muertes? Sinceramente, no lo creo.

Hay un hecho que me llama la atención, y es que un país tan pobre como Haití tenga que destinar parte de su producción nacional a pagar su deuda externa. Absurdo, ¿no? En mi caso he de decir que desconozco por completo el sistema, pero es evidente que si algo así sucede (y no sólo en Haití, sino en todos los países en vías de desarrollo) entonces es que hay algo que no funciona. Sólo ahora, después de la tragedia, se ha decidido condonar dicha deuda. ¿No les hubiera venido a los haitianos mucho mejor que se la condonaran antes? ¿No habrían podido de ese modo destinar sus recursos a estar mejor preparados para algo así? Ha tenido que sufrir el país la violencia de un gran terremoto para que llegue a tomarse una decisión que, en mi opinión, se debería haber tomado hace tiempo. Han tenido que temblar los cimientos de la tierra para que gran parte del mundo conociera por fin la desastrosa situación económica en la que se encontraba (y se encuentra) Haití. Sólo ahora, después de la desgracia, es cuando nos volcamos con ellos. Ahora, es cuando decimos: ¡Ayudémoslos, nos necesitan! Y brindamos con la hipocresía de llamarnos solidarios porque somos capaces de mover millones en divisas para auxiliar a un pueblo en la tragedia. Y seguimos utilizando la misma palabra –solidaridad-, que no es en realidad otra cosa que restituir en una pequeña parte aquello que no nos pertenece. Una palabra que, para ser sincera, me suena un tanto pretenciosa teniendo en cuenta los antecedentes de nuestras acciones (o ausencia de acciones) con ellos.

Gracias al terremoto de Haití, mucha gente ha empezado a ubicarlo en el mapa y a hablar de él. Dicen que de todo se aprende, así que quizá, y sólo quizá, estemos empezando a tomar nota para, en vez de esperar a que una catástrofe asole otras zonas, comencemos a aplicar medidas para evitar que, cuando ocurran, sean tan devastadoras. ¿O volverá a ser necesario que un volcán entre en erupción para que nos demos cuenta de que otras personas existen y de que necesitan ayuda?

domingo, 3 de enero de 2010

Baños del Carmen

El sol de primavera ilumina la barra del bar en su lento descenso hacia el crepúsculo. Abierto a la intemperie, son unas solitarias y viejas columnas decimonónicas las que delimitan sus fronteras, enmarcando la vista del mar. Erguidas en contra del tiempo parecen querer sostener el techo que ya no existe, y sus puertas, grandes y centenarias, persisten a pesar de haber perdido forma, brillo y función un siglo atrás.

La taberna está sentada frente a las rocas, donde alguien acaba de recoger unas sillas de plástico con la palabra Cruzcampo grabada en los respaldos. Ajenas a la historia que las vigila, guardan obedientes la posición corroídas por el salitre.

Un único camarero, parco en sonidos y pasos, va cancelando las cuentas a la escasa clientela de forma aleatoria. Coca-colas con hielo y tónicas se van apurando donde antes sólo había pescado frito, limonada y ajoblanco. Pero de eso nadie se acuerda.

Las conversaciones, difusas y monótonas, son engullidas por el cada vez más potente ronroneo de la marea, que cobra fuerza en la misma medida en que la luz se diluye.

Abajo, en la arena, una pareja recién casada posa feliz para su álbum. El mar, empapando sus pies desnudos y sus trajes de boda, insiste en recordarles la fragilidad de los ánimos y la levedad de la vida. Como telón de fondo, el antiguo balneario confiere al amor el erróneo atributo de atemporal.

Las sombras se alargan anunciando que ya es hora de ir buscando otros bares. La tarde va perdiendo cabida y el café clientes, conforme llega la noche. Nada parece cambiar en este rincón, salvo las propias personas, mientras se repliega en un espacio intacto y perenne.
En su estado primitivo, y vacío de visitantes, conserva la misma silueta que vieron antaño.

Una burda cadena oxidada sobre la verja antigua y quejumbrosa le pone fin a la jornada.

El balneario se cierra. Antes no se cerraba. Y se pregunta, acaso, qué llegará a ser, en otras vidas.


Antes      Ahora

 

viernes, 25 de diciembre de 2009

La cultura de los veinte duros

Debajo de mi casa acaban de abrir una tienda de las llamadas de todo a cien. Tienen de todo, como ya sabrán. Absolutamente de todo. Desde complementos de imitación a Hello Kitty, hasta menaje de cocina, pasando por artículos de papelería, droguería, perfumería, ferretería, juguetes, e incluso abrigos y ropa interior. Y todo, a precios casi simbólicos.

Paseando por las estanterías de esta tienda, me he parado a pensar en lo fácil que resulta comprar cualquiera de sus artículos. Objetos sin calidad ni valor, que tal como los adquirimos y usamos pueden ir a parar al cubo de la basura sin ningún tipo de remordimiento. ¿Por qué íbamos a tenerlo? Son objetos que no valen nada (casi literalmente). No nos cuesta nada comprarlos, son de escasa calidad, abundantes hasta la saciedad y no supone ningún esfuerzo adquirirlos. Así que, si ya no nos sirven, ¿por qué no tirarlos?

Este pensamiento, mientras seguía con mi paseo, me ha hecho recordar una anécdota que me ocurrió hace poco mientras visitaba a una amiga. Había comprado en Ikea una pequeña mesita para el teléfono fijo, muy coqueta, que le había costado la irrisoria cantidad de diez euros. El marido, en un descuido con su cigarrillo, dejó sin querer una pequeña marca en una de sus esquinas, y mi amiga, además de reprenderle, exclamó sin ninguna pena que total, para lo que le había costado, se llegaba a comprar otra.
La mesa estaba hecha de madera, y esa madera formaba parte de un árbol que fue talado. La madera fue cortada, alguien la lijó y la ensambló y luego la pintó. Quizá lo hicieron unas máquinas, pero éstas, también, están dirigidas por hombres. Y aunque no lo estuvieran, sigue siendo un trabajo que llevó un tiempo, que consumió unos recursos y que supuso una planificación y un esfuerzo. Sin embargo la desechamos. ¿Por qué? ¿Cómo hemos llegado a despreciar de esta manera el trabajo de los hombres (por no hablar de los recursos naturales)? Y la respuesta la hallé en la tienda de todo a cien: porque no nos supone ningún esfuerzo. Porque no nos cuesta nada adquirir. Y al no costarnos nada adquirir, tampoco nos cuesta nada desechar. Y esto, me temo, es aplicable a todos los aspectos de nuestra vida.

Estamos sobrealimentados, sobrevestidos y sobreabastecidos de todo cuanto nos hace falta. Vivimos en la cultura del ocio y el derroche, y esto, además de poblar nuestras vidas de objetos sin valor, nos convierte en consumidores de la nada.

La televisión, el cine, la música y la literatura también están saturados de artículos de todo a cien. De sobra son conocidos esos programas mediocres que emiten todas las televisiones, que incluso ya tienen nombre propio: programas basura. Del mismo modo, ya tenemos también comida basura, e incluso películas, libros y canciones basura.
Cada vez es más frecuente que cualquier éxito en la radio no dure más que un par de semanas en el número uno, hasta que otro ocupa su lugar. Suelen ser canciones de música pegadiza y facilona, con una letra simple y poco trabajada. Éxitos fugaces que apenas aguantan unos meses antes de caer desfasados. Y es sólo con el paso del tiempo cuando nos damos cuenta de su verdadera calidad (o de su falta de ella). Muy pocos “hits” aguantan ser escuchados unos años después sin perder la dignidad.

Ya no se trabaja el arte. No se le dedica tiempo. Todo se hace con rapidez. Los editores de libros, los publicistas, las casas discográficas, los productores de cine y tv, se han dado cuenta de lo rentable que resulta el consumismo resultón y barato, que obnubila a la mayoría del público de forma rápida y fugaz. Cualquier cosa que dé un éxito comercial inmediato es aceptable antes de pasar al siguiente. Nos hemos acomodado a lo fácil, a lo abundante e instantáneo. Sobre todo a lo instantáneo.

Hace unos años, los niños teníamos que esperar durante meses para recibir un juguete. La mayoría sólo teníamos el día de Reyes y el día de nuestro cumpleaños para conseguir regalos. Por eso eran una fiesta. Ahora, sin embargo, tenemos fiestas cada fin de semana. Tenemos lo que queremos sin necesidad de esperar.
Recuerdo que mis padres tenían que ahorrar para poder comprarnos un juguete a cada uno el seis de enero. Era un día único, mágico, en el que todos, al mismo tiempo, recibíamos un regalo. Pero en la actualidad, los Reyes se han vuelto un poco menos magos, porque cualquier otro día del año podemos hacernos con cualquier cosa que deseemos, y esto, lleva a una inevitable insatisfacción. Si no nos cuesta ningún esfuerzo adquirir, ni tan siquiera la disciplina de esperar, tampoco nos supondrá ninguna pena desechar, al igual que ocurría con la mesa de diez euros. Sólo aquello por lo que trabajamos, por lo que nos esforzamos, nos aporta satisfacción y nos crea un apego. Para obtener lo que queremos, primero debemos sentir que nos lo hemos ganado. Sólo así conseguiremos disfrutarlo.

Estamos llenando nuestras vidas de objetos basura, de arte basura, de desperdicios que apenas aprovechamos unos días antes de despreciarlos. Y poco importa que lo que hayamos adquirido sea más bueno o más malo, más caro o más barato. Si no nos ha supuesto ningún esfuerzo, ningún sacrificio, carecerá de valor.
Nos estamos acostumbrando a derrochar, a gastar porque podemos. A despreciar el trabajo de los hombres, y con ello, sin saber, despreciamos también lo que le ha costado a la humanidad conseguir este estado de bienestar (al menos en el primer mundo), con bienes asequibles para casi todos.

Una mesa no se hace sola. Una canción tampoco se escribe sola. Ni una película. Ni un libro. Sin embargo tiramos comida, tiramos muebles y tiramos ropa. Tampoco solemos releer, cuando a la relectura se le suele sacar en realidad más provecho que al abrir un nuevo libro. Ni parece que todas las canciones, que todas las películas y que todos los videojuegos que tengamos grabados sean suficientes.
Pero no nos engañemos. Todo esto no quiere decir que seamos peores que las generaciones precedentes. Tampoco mejores. Es sólo que vivimos en sociedades muy diferentes.
No se trata, ni mucho menos, de que hasta hace unos años supiésemos disfrutar mejor, sino de que, simplemente, no reinaba tanta abundancia a nuestro alrededor, y eso, hacía que valoráramos cada cosa de forma distinta. Todo era importante. Lo que ahora nos supone un simple paseo por una tienda más una sencilla elección, antes costaba meses de espera y ahorro para conseguirlo. Por eso le dedicábamos más tiempo a una canción, más horas a un libro, más entusiasmo a todo cuanto adquiríamos. Los objetos eran bienes escasos y únicos, la mayoría de las veces artesanos y, por lo tanto, irrepetibles. Teníamos mucho menos. Por eso, lo disfrutábamos mucho más.

Hasta hace poco no se disponía de tiempo, ni de recursos, ni de dinero para producir ni consumir al nivel en el que lo hacemos hoy en día. No se disponía, como ahora, de tres horas diarias (la media de consumo en España) para ver televisión. De hecho, ni siquiera había televisión. Tampoco se producían tantas películas, tantas canciones, ni tantos libros.
De un tiempo a esta parte, el mercado está produciendo y consumiendo en exceso, y este exceso nos ha llevado a la saturación, tanto en variedad como en cantidad. Y esta saturación, como no podía ser de otra manera, ha provocado una proliferación de la mediocridad y de la inmediatez.

Tampoco nos equivoquemos. No es que sea malo disponer de tiempo de ocio y de oferta cultural. Muy al contrario, es recomendable e incluso necesario, pero puede llegar a ser contraproducente si no se sabe cómo emplearlo. El problema consiste en que tenemos demasiadas cosas que son demasiado asequibles. Lo cual, por un lado, es positivo. Nunca como hoy en día estuvo más al alcance de todos adquirir aquello que se desea. Pero por otro lado toda esta inmediatez, esta facilidad, está haciendo que dejemos de valorar el trabajo ajeno, los recursos y el esfuerzo que la sociedad ha empleado para llegar hasta donde nos encontramos. Y lo más importante: estamos llenando nuestras propias vidas de cosas sin valor. Y no importa, insisto, si son caras o baratas. Si no nos ha supuesto ningún sacrificio conseguirlas, no valen nada. Y como no valen nada, en un plazo medio, e incluso corto, nos son insuficientes y hasta insatisfactorias.

Estamos generando más desperdicios de lo que podemos tolerar, y no sólo en sentido literal. Nos estamos poblando a nosotros mismos de objetos y de arte procedentes de la cultura de la basura, del consumismo de un solo día, creados para marcharse de nuestras vidas tal cual vinieron: sin esfuerzo; y, como es lógico, para dejarnos tal cual nos encontraron: vacíos.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Teoría de la imaginación

A veces, más que vivir, nos imaginamos viviendo. Imaginamos que estamos donde estamos, y que conversamos con quien conversamos, de los temas que conversamos. Imaginamos que nos entienden, y que entendemos a quienes nos entienden. Que somos visibles para los demás transeúntes. Que alguien se fija en nosotros. Que alguien habla de nosotros. Imaginamos esta tarde que es tranquila y es hermosa. Más tranquila y más hermosa de lo que puede en realidad ser una tarde. Imaginamos que somos. O que no somos. Que tenemos o que no tenemos. Imaginamos para bien y para mal. Que podemos o que no podemos. Que nos deben o que debemos. Y en esta continua realidad imaginada, también somos imaginados. Nos imaginan más y nos imaginan menos. E imaginan que imaginamos lo mismo, y que estamos de acuerdo.

Yo imagino que me basto, y que estoy, y que puedo. E imagino mis síes y mis noes, con tanta claridad como si los viese. Me los imagino, y me los creo. E imaginando que imagino a veces imagino que escribo, y que quien me lee lo entiende.

Pero sólo imagino.


domingo, 8 de noviembre de 2009

Si te acuerdas de mí

Quería preguntarte,
si te acuerdas de nosotros cuando llega el otoño.
Si alguna vez paseas por aquel parque
buscando gotas de viento
sacudir nuestros pasos.
Si visitas nuestra escalera
para contemplar, como hacíamos al atardecer,
la caída del ocaso.
Si en tu montaña se volvió a posar
una lechuza sobre el alambre,
y si en el valle aún se confunden
el agua,
los helechos,
y el pato de ojo colorado.
Si viajas a la laguna
con la llegada de los flamencos.
Y si alguna vez,
alguna vez,
me llevas contigo.

Quería preguntarte si echas de menos
mis palabras sobre tu oído,
y si te detienes a escuchar
a solas, como siempre,
el delicado sonido del trueno.
Si te preguntas dónde estoy,
o a quién regalaré mis silencios.
Si comparto los tesoros que construimos,
o si acaso,
los he olvidado.
Si volvieron a besarme,
si me hablaron de amor.
Si despertó de nuevo
el deseo inocente,
y la ilusión incombustible.

Quería preguntarte qué quedó de aquellos años,
si habitan en alguna parte, fuera de mí.
Si los llevas contigo,
o los perdiste en el trayecto
entre otras manos,
otros labios,
otros dueños.
Si alguien te volvió a dedicar
versos apasionados.
Si pudiste recuperar
aquello que perdimos.


Si te acuerdas de mí.


Si te acuerdas de mí.


miércoles, 21 de octubre de 2009

Vivir a medias

No domina mi ansia ningún deseo
de poseer, tener, o ser tenida;
mas cuando he sentido una certeza,
y muchas en mi vida ya he sentido,
no he podido hacer más que ir a buscarlas
y dejarme todo el empeño en ellas.

Mal anda quien no sigue su camino;
y yo nunca he sabido,
vivir a medias.