jueves, 8 de julio de 2010
Definiciones de escritor. II
Un escritor es una persona que busca la belleza. Cuando la encuentra, la escribe. Cuando no la encuentra, la escribe.
miércoles, 30 de junio de 2010
Definiciones de escritor. I
Un escritor es una persona que tiene demasiado tiempo para pensar, y lo que es peor: la capacidad y el deseo de expresarse con palabras.
lunes, 31 de mayo de 2010
Entre crisis y políticos
Pareciera que el político tuviera por oficio,
más que gobernar o dirigir una nación,
el tirarle los trastos de continuo a su oponente
o el sacarle los dientes y obtener el beneficio
de su partido, de su hacienda, su local o su razón.
Siendo, como es -o debiera ser-, persona
además de capaz, de suficiente integridad,
resulta curioso que no sea competente
para lidiar en el trabajo al lado de su oponente
y saber valorarlo con justa objetividad.
No quisiera, con esto, como tiran en la lona
arrojar mi toalla ante la adversidad,
pero tan poca fe me inspira aquél que, a diario
sigue demostrando ineptitud para gobernar,
como aquél que se dedica a poco más que despotricar
incapaz de ver nunca nada bueno en su adversario.
más que gobernar o dirigir una nación,
el tirarle los trastos de continuo a su oponente
o el sacarle los dientes y obtener el beneficio
de su partido, de su hacienda, su local o su razón.
Siendo, como es -o debiera ser-, persona
además de capaz, de suficiente integridad,
resulta curioso que no sea competente
para lidiar en el trabajo al lado de su oponente
y saber valorarlo con justa objetividad.
No quisiera, con esto, como tiran en la lona
arrojar mi toalla ante la adversidad,
pero tan poca fe me inspira aquél que, a diario
sigue demostrando ineptitud para gobernar,
como aquél que se dedica a poco más que despotricar
incapaz de ver nunca nada bueno en su adversario.
sábado, 17 de abril de 2010
Poema
Tantas noches para amar me tienes
en promesas reservadas; tantas,
como versos de tu amor me cantas
entre arrullos cada vez que vienes.
De mil flores llenas hoy tus manos.
De regalos. De presentes. Y éstos
a mi puerta llevarás bien prestos
para no hacer tus esfuerzos vanos.
Mas hay algo que no puedes darme
pues en necios corazones falta;
aquello que por pedirte salta
de mi alma a tu corazón de niño.
Lo que aún no sabes regalarme
no es otra cosa sino cariño.
en promesas reservadas; tantas,
como versos de tu amor me cantas
entre arrullos cada vez que vienes.
De mil flores llenas hoy tus manos.
De regalos. De presentes. Y éstos
a mi puerta llevarás bien prestos
para no hacer tus esfuerzos vanos.
Mas hay algo que no puedes darme
pues en necios corazones falta;
aquello que por pedirte salta
de mi alma a tu corazón de niño.
Lo que aún no sabes regalarme
no es otra cosa sino cariño.
sábado, 10 de abril de 2010
Julia (II). La mujer de blanco sobre fondo negro
Esta habitación en penumbras es mi sala de estar. El papel, con motivos florales, nunca me gustó demasiado, aunque lo cierto es que, después de tantos años, he terminado por acostumbrarme. Hay un gran mueble vitrina en el fondo. Como en casi todas las casas, contiene cerámica y cristalería que sólo se utiliza en ocasiones especiales. No me molesta tenerlo, es un bonito adorno para este cuarto, pero tampoco encuentro gusto en conservar cosas inútiles (o casi inútiles) en casa.
A la derecha hay un sofá de dos plazas. Éste sí lo utilizo a diario. Normalmente me tumbo en él para ver la televisión, o mejor: para dormir delante de la televisión. Y la televisión, como es de esperar, está justo en frente. Entre ambos, también, hay una mesa baja de cristal con un par de libros a medio leer. Pero el verdadero motivo por el que os estoy hablando, la razón por la que os he traído a esta sala, es la fotografía que hay en la pequeña mesa auxiliar, al lado del sofá. Es la fotografía de una boda. De mi boda. Fue tomada el 24 de marzo de 1975. Una húmeda mañana de primavera en la iglesia de San Nicolás. Llovía, o chispeaba, según quería el tiempo. Por eso muchos de los retratados llevan abrigos; la mayoría de color negro. El novio (el joven que está a mi izquierda) también viste de oscuro. Apenas se distingue del resto con ese traje, y la verdad es que el retablo en madera de roble que preside el altar, detrás de nosotros, tampoco ayuda mucho. El caso es que, a esta hora de la madrugada, la única luz que entra en la habitación es el pálido reflejo de una farola en la acera opuesta a mi casa, y es mi vestido, mi blanco vestido de novia, lo único que destaca en toda la fotografía.
Si hubiese suficiente luz se podría ver mi sonrisa. Una sonrisa de felicidad absoluta. Sí. El día de mi boda fue un día muy feliz. Todas las personas a las que conocía y quería estaban allí. Todos. No faltó ninguno. Y fue estupendo comprobar que todos se reunían para estar con nosotros. Eduardo (el novio) también estaba feliz. Radiante. Agarrado a mi cintura, como si el enlace no fuese suficiente y necesitara dejar constancia de nuestra unión con ese gesto. Pero todo esto, claro está, no se puede ver. Nada es distinguible a esta hora de la noche.
Un coche está cruzando la calle. Sus faros crean sombras abstractas a través del visillo. Por unos instantes, el grupo fotográfico se ve iluminado y, tan sólo por un segundo, se pueden ver nuestros rostros. Nuestras miradas sonriendo a través del tiempo. Sonriendo a la habitación. A los muebles. A las penumbras que a la vez nos contemplan. Se puede ver la mano de Eduardo sobre mi cadera. A mi tía Felisa con su nieto de tres años en brazos. A mis sobrinos sentados al pie de la escalinata.
El coche se marcha y todo vuelve a las sombras. El mueble vitrina. El sofá. La foto. Todo retorna a su posición, imprecisa y difusa, de la noche.
Me gusta contemplar los objetos en la oscuridad. Las sombras adquieren un tono gris. Más gris o menos gris. Pero siempre gris. Y los claros destacan por encima del resto, de un modo que nunca ocurre durante el día.
Son las 5:59. Pronto empezará mi jornada. Ahora mismo estoy en la cama, dormida, un minuto antes de despertar. Mientras, en la sala continúa el efecto de luz y sombras sobre la fotografía. Es un efecto curioso, que me ha llevado a lo largo de los años a observar imágenes como ésta; fotos de enlaces, sobre todo antiguas. En todas, o en casi todas, sólo hay un punto de luz. Un espectro del pasado asomándose al presente: el vestido de la mujer de blanco sobre fondo negro.
A la derecha hay un sofá de dos plazas. Éste sí lo utilizo a diario. Normalmente me tumbo en él para ver la televisión, o mejor: para dormir delante de la televisión. Y la televisión, como es de esperar, está justo en frente. Entre ambos, también, hay una mesa baja de cristal con un par de libros a medio leer. Pero el verdadero motivo por el que os estoy hablando, la razón por la que os he traído a esta sala, es la fotografía que hay en la pequeña mesa auxiliar, al lado del sofá. Es la fotografía de una boda. De mi boda. Fue tomada el 24 de marzo de 1975. Una húmeda mañana de primavera en la iglesia de San Nicolás. Llovía, o chispeaba, según quería el tiempo. Por eso muchos de los retratados llevan abrigos; la mayoría de color negro. El novio (el joven que está a mi izquierda) también viste de oscuro. Apenas se distingue del resto con ese traje, y la verdad es que el retablo en madera de roble que preside el altar, detrás de nosotros, tampoco ayuda mucho. El caso es que, a esta hora de la madrugada, la única luz que entra en la habitación es el pálido reflejo de una farola en la acera opuesta a mi casa, y es mi vestido, mi blanco vestido de novia, lo único que destaca en toda la fotografía.
Si hubiese suficiente luz se podría ver mi sonrisa. Una sonrisa de felicidad absoluta. Sí. El día de mi boda fue un día muy feliz. Todas las personas a las que conocía y quería estaban allí. Todos. No faltó ninguno. Y fue estupendo comprobar que todos se reunían para estar con nosotros. Eduardo (el novio) también estaba feliz. Radiante. Agarrado a mi cintura, como si el enlace no fuese suficiente y necesitara dejar constancia de nuestra unión con ese gesto. Pero todo esto, claro está, no se puede ver. Nada es distinguible a esta hora de la noche.
Un coche está cruzando la calle. Sus faros crean sombras abstractas a través del visillo. Por unos instantes, el grupo fotográfico se ve iluminado y, tan sólo por un segundo, se pueden ver nuestros rostros. Nuestras miradas sonriendo a través del tiempo. Sonriendo a la habitación. A los muebles. A las penumbras que a la vez nos contemplan. Se puede ver la mano de Eduardo sobre mi cadera. A mi tía Felisa con su nieto de tres años en brazos. A mis sobrinos sentados al pie de la escalinata.
El coche se marcha y todo vuelve a las sombras. El mueble vitrina. El sofá. La foto. Todo retorna a su posición, imprecisa y difusa, de la noche.
Me gusta contemplar los objetos en la oscuridad. Las sombras adquieren un tono gris. Más gris o menos gris. Pero siempre gris. Y los claros destacan por encima del resto, de un modo que nunca ocurre durante el día.
Son las 5:59. Pronto empezará mi jornada. Ahora mismo estoy en la cama, dormida, un minuto antes de despertar. Mientras, en la sala continúa el efecto de luz y sombras sobre la fotografía. Es un efecto curioso, que me ha llevado a lo largo de los años a observar imágenes como ésta; fotos de enlaces, sobre todo antiguas. En todas, o en casi todas, sólo hay un punto de luz. Un espectro del pasado asomándose al presente: el vestido de la mujer de blanco sobre fondo negro.
lunes, 22 de marzo de 2010
Misterios de mi vida: misterio número 2
Ocurrió en el verano de 1985. Papá había muerto a principios de aquel año y, quizá como compensación, nos llevaron a pasar el mes de julio a una residencia. Pasillos eternos con literas en todas las habitaciones. Piscina en la planicie que se abría ante la fachada. Personal de animación. Deporte para los mayores y juegos para los pequeños. Un salón buffet enorme que nos reunía a todos los huéspedes en el desayuno, almuerzo y cena, y un pequeño bosque de pinos tras el inmenso bloque principal.
Llegamos una mañana de lunes, cálida y tranquila, mi hermano Javi, mi hermana Almudena y yo. Mamá, de luto riguroso, también nos acompañaba.
Nos asignaron una habitación, austera pero impoluta, con una litera y dos camas, y con salida a la gran terraza que comunicaba toda la planta. Desde allí, desde la gran baranda que circundaba el edificio, se veían, por un lado, las altas montañas de la sierra, todavía un poco nevadas y, hacia el otro, las llanuras del valle frondoso, y las pequeñas casas blancas de Cogollos-Vega, que nos saludaban al despertar.
Mamá se levantaba temprano. Acostumbraba a caminar por los alrededores antes del desayuno. Le gustaba respirar la humedad del rocío matutino y pasear entre la neblina del amanecer, antes de que el sol de verano inundara de calor las horas centrales del día.
Casi siempre llegaba acompañada por otros huéspedes, madrugadores como ella y, charlando, abría la puerta de la habitación para acabar de despertarnos. Luego nos vestíamos, un poco a regañadientes, y bajábamos al salón-buffet.
El resto del tiempo, fuera del horario de las comidas, era un estar o hacer que cada uno se administraba como quería.
Aquella mañana, mamá había decidido marchar a una salida programada; una visita a un pueblo cercano, de calles en cuesta e iglesia medieval. Javi y Almudena, por su parte, se apuntaron a clases de tenis; que gustosamente habría secundado de no ser porque mis bracitos de diez años apenas podían aguantar, siquiera unos minutos, el golpeo de la raqueta. Así fue cómo, sola y sin nada mejor en que ocuparme, me sucedió el segundo gran misterio de mi vida.
Me encontraba en la piscina. Apenas un par de huéspedes tomando el sol y un grupo de niños compartían conmigo agua, césped y hamacas. Yo estaba en la parte honda, haciendo como que nadaba, pero sin nadar realmente. Observaba a los otros niños, que jugaban a la pelota, en la parte más baja.
Desde mi extremo me agarraba a la barra. A mi seguro salvavidas que me evitaba caer al fondo. Contemplaba a los niños, compitiendo a grandes brazadas. Sumergiéndose y volviendo a respirar. A ratos, también, me observaba a mí misma. Miraba el fondo. El suelo claro y azul a través de las ondas transparentes. El silencio de mis manos bajo el agua. De mis pies suspendidos sobre la superficie de azulejos. Mi cuerpo de niña, flotando entre cristal.
Había calma. Una calma extraña y envolvente, que borraba todo alrededor. Nada existía, salvo yo y el agua. Salvo el sol de julio y el aire, muy leve, que agitaba las hojas. Entonces sentí paz, la más extensa y absoluta que se puede concebir. Y sin siquiera pensarlo, me agarré con mis manos al filo, y sumergí mi cabeza y mi cuerpo.
Estaba bien. Muy bien. Tan tranquila como en un sueño. Con mis ojos cerrados bajo el silencio. Nada era importante. Respirar no era importante. Mis pensamientos volaban lejos. Lejos de los otros niños. Lejos de mí. Mi cuerpo estaba detenido, en algún lugar entre el espacio y la nada. Entre el ajetreo de las voces, cada vez menos audibles, de las zambullidas y de los saltos, al otro extremo de la piscina.
Una mano me sacó del agua. Era un joven adolescente de edad similar a la de mi hermano. Me observaba preocupado. Me preguntó si estaba bien.
Yo le respondí con extrañeza. Jamás había estado tan bien en toda mi vida.
Los niños habían dejado de jugar y los adultos de tomar el sol. Todos me miraban. Entonces comprendí. ¿Cuánto rato había estado sumergida?
Lo único que se me ocurrió fue echar a correr camino de la residencia.
----------
Es curioso cómo, a veces, la claridad y las sombras pueden invertir los sentimientos.
Aquella noche tuve miedo. Miedo al recordar. En mi mente infantil, imaginaba que era así como morían los ahogados; sumergidos bajo el agua creyendo que, en realidad, aún estaban vivos.
Me veía a mí misma devorada por las aguas y rescatada, por una suerte que no supe aventurar, gracias a la mano de aquel muchacho.
Estos pensamientos me llevaron hasta la madrugada. La oscuridad dio paso a la luz y, por fin, trajo el nuevo día. Y fue al amanecer cuando empezaron a acudir muchas preguntas que habían quedado sin respuesta. Por qué, si de verdad me estaba ahogando, me sentía tan bien y, sobre todo, qué habría pasado de haber estado sola.
La claridad se había llevado el miedo y dejaba, en su lugar, el deseo de saber.
Había silencio a mediodía. Se escuchaba, agitado por los motores, el leve rumor del agua que sólo yo importunaba. No había brisa que agitara los árboles, y apenas el trinar de algún pájaro lejano llenaba bajo el sol la soledad del lugar.
Nadé, por la orilla, hasta el final. Respiré varias veces. Me agarré de la barra y me dejé hundir.
No hay forma de describir la sensación de aquel momento, salvo de paz absoluta. Estaba consciente. Me sabía bajo el agua. Y parecía ése un detalle de tan poca importancia que de nuevo me dejé llevar. No cabía en aquel espacio hueco alguno para las reglas de la biología. No había sentidos, ni razón, ni dolor. Sólo el dulce y eterno vaivén, y el lento y constante fluir de uno mismo, entre dos mundos paralelos.
Nadie había en la piscina. Tampoco en los alrededores.Nadie.Y no sabía cuánto tiempo llevaba en el agua.
¿Había muerto? Me asusté; tanto que yo misma decidí salir. Caminar hacia el recinto. Llegar donde hubiese más gente. Donde alguien me viera, me reconociera y me hablara. Necesitaba saber que era yo. Que seguía estando viva. Que no era un espectro.
Tardé varios días en volver a la piscina, y otros tantos en compartir lo ocurrido con mis hermanos. Almudena estaba fascinada, diría que encantada, con mi relato. Javi, en cambio, no dijo nada. Calló. Al menos hasta el día siguiente. Fue por la tarde, cuando estábamos a solas, cuando me confesó que a él le había pasado lo mismo. Había estado nadando y, al llegar al final, se había agarrado a la barra, igual que hiciera yo días atrás y, con total tranquilidad, se había sumergido. Afirmó que podría haber estado todo el día bajo el agua, de no ser porque una mujer, al rato, lo zarandeó por temor a que le hubiera pasado algo.
El hecho de compartir aquel suceso con mi hermano hacía lo ocurrido aún más asombroso; y me incitaba, esta vez en compañía, a probar de nuevo.Pero a veces los misterios existen para no ser descubiertos. Ni siquiera tuvimos ocasión de intentarlo.
Alguien le contó a mamá lo de la mujer y el muchacho que nos sacaron a Javi y a mí de la piscina. Mamá se alarmó muchísimo y nos prohibió volver a nadar solos.
A partir de entonces nos acompañaba en cada salida, e incluso entraba en el agua con nosotros. Luego acabó julio, y por fin regresamos a casa.
Nunca volvimos a aquel lugar. La residencia quedó, como quedan tantas cosas, sólo en nuestra memoria. Y sobre todo aquella piscina, que se dibujaba solitaria en mitad de la planicie.
A veces la recuerdo, aún con mi mente de niña, y me sumerjo entre sus aguas cuando quiero encontrar paz. La brisa sigue revoloteando entre las hojas, y mis manos, aferrándose a la barra, parecen querer mantener esa pequeña conexión con el mundo real.
Hoy en día, desde la sierra, se puede ver todavía un punto en mitad del valle. Es la residencia de verano. La gran residencia que, por aquél entonces, acogía a sus huéspedes en los meses de estío. Aún permanece en pie a pesar del tiempo. Conservando para siempre el misterio, en aquel lugar de Cogollos-Vega.
Llegamos una mañana de lunes, cálida y tranquila, mi hermano Javi, mi hermana Almudena y yo. Mamá, de luto riguroso, también nos acompañaba.
Nos asignaron una habitación, austera pero impoluta, con una litera y dos camas, y con salida a la gran terraza que comunicaba toda la planta. Desde allí, desde la gran baranda que circundaba el edificio, se veían, por un lado, las altas montañas de la sierra, todavía un poco nevadas y, hacia el otro, las llanuras del valle frondoso, y las pequeñas casas blancas de Cogollos-Vega, que nos saludaban al despertar.
Mamá se levantaba temprano. Acostumbraba a caminar por los alrededores antes del desayuno. Le gustaba respirar la humedad del rocío matutino y pasear entre la neblina del amanecer, antes de que el sol de verano inundara de calor las horas centrales del día.
Casi siempre llegaba acompañada por otros huéspedes, madrugadores como ella y, charlando, abría la puerta de la habitación para acabar de despertarnos. Luego nos vestíamos, un poco a regañadientes, y bajábamos al salón-buffet.
El resto del tiempo, fuera del horario de las comidas, era un estar o hacer que cada uno se administraba como quería.
Aquella mañana, mamá había decidido marchar a una salida programada; una visita a un pueblo cercano, de calles en cuesta e iglesia medieval. Javi y Almudena, por su parte, se apuntaron a clases de tenis; que gustosamente habría secundado de no ser porque mis bracitos de diez años apenas podían aguantar, siquiera unos minutos, el golpeo de la raqueta. Así fue cómo, sola y sin nada mejor en que ocuparme, me sucedió el segundo gran misterio de mi vida.
Me encontraba en la piscina. Apenas un par de huéspedes tomando el sol y un grupo de niños compartían conmigo agua, césped y hamacas. Yo estaba en la parte honda, haciendo como que nadaba, pero sin nadar realmente. Observaba a los otros niños, que jugaban a la pelota, en la parte más baja.
Desde mi extremo me agarraba a la barra. A mi seguro salvavidas que me evitaba caer al fondo. Contemplaba a los niños, compitiendo a grandes brazadas. Sumergiéndose y volviendo a respirar. A ratos, también, me observaba a mí misma. Miraba el fondo. El suelo claro y azul a través de las ondas transparentes. El silencio de mis manos bajo el agua. De mis pies suspendidos sobre la superficie de azulejos. Mi cuerpo de niña, flotando entre cristal.
Había calma. Una calma extraña y envolvente, que borraba todo alrededor. Nada existía, salvo yo y el agua. Salvo el sol de julio y el aire, muy leve, que agitaba las hojas. Entonces sentí paz, la más extensa y absoluta que se puede concebir. Y sin siquiera pensarlo, me agarré con mis manos al filo, y sumergí mi cabeza y mi cuerpo.
Estaba bien. Muy bien. Tan tranquila como en un sueño. Con mis ojos cerrados bajo el silencio. Nada era importante. Respirar no era importante. Mis pensamientos volaban lejos. Lejos de los otros niños. Lejos de mí. Mi cuerpo estaba detenido, en algún lugar entre el espacio y la nada. Entre el ajetreo de las voces, cada vez menos audibles, de las zambullidas y de los saltos, al otro extremo de la piscina.
Una mano me sacó del agua. Era un joven adolescente de edad similar a la de mi hermano. Me observaba preocupado. Me preguntó si estaba bien.
Yo le respondí con extrañeza. Jamás había estado tan bien en toda mi vida.
Los niños habían dejado de jugar y los adultos de tomar el sol. Todos me miraban. Entonces comprendí. ¿Cuánto rato había estado sumergida?
Lo único que se me ocurrió fue echar a correr camino de la residencia.
----------
Es curioso cómo, a veces, la claridad y las sombras pueden invertir los sentimientos.
Aquella noche tuve miedo. Miedo al recordar. En mi mente infantil, imaginaba que era así como morían los ahogados; sumergidos bajo el agua creyendo que, en realidad, aún estaban vivos.
Me veía a mí misma devorada por las aguas y rescatada, por una suerte que no supe aventurar, gracias a la mano de aquel muchacho.
Estos pensamientos me llevaron hasta la madrugada. La oscuridad dio paso a la luz y, por fin, trajo el nuevo día. Y fue al amanecer cuando empezaron a acudir muchas preguntas que habían quedado sin respuesta. Por qué, si de verdad me estaba ahogando, me sentía tan bien y, sobre todo, qué habría pasado de haber estado sola.
La claridad se había llevado el miedo y dejaba, en su lugar, el deseo de saber.
Había silencio a mediodía. Se escuchaba, agitado por los motores, el leve rumor del agua que sólo yo importunaba. No había brisa que agitara los árboles, y apenas el trinar de algún pájaro lejano llenaba bajo el sol la soledad del lugar.
Nadé, por la orilla, hasta el final. Respiré varias veces. Me agarré de la barra y me dejé hundir.
No hay forma de describir la sensación de aquel momento, salvo de paz absoluta. Estaba consciente. Me sabía bajo el agua. Y parecía ése un detalle de tan poca importancia que de nuevo me dejé llevar. No cabía en aquel espacio hueco alguno para las reglas de la biología. No había sentidos, ni razón, ni dolor. Sólo el dulce y eterno vaivén, y el lento y constante fluir de uno mismo, entre dos mundos paralelos.
Nadie había en la piscina. Tampoco en los alrededores.Nadie.Y no sabía cuánto tiempo llevaba en el agua.
¿Había muerto? Me asusté; tanto que yo misma decidí salir. Caminar hacia el recinto. Llegar donde hubiese más gente. Donde alguien me viera, me reconociera y me hablara. Necesitaba saber que era yo. Que seguía estando viva. Que no era un espectro.
Tardé varios días en volver a la piscina, y otros tantos en compartir lo ocurrido con mis hermanos. Almudena estaba fascinada, diría que encantada, con mi relato. Javi, en cambio, no dijo nada. Calló. Al menos hasta el día siguiente. Fue por la tarde, cuando estábamos a solas, cuando me confesó que a él le había pasado lo mismo. Había estado nadando y, al llegar al final, se había agarrado a la barra, igual que hiciera yo días atrás y, con total tranquilidad, se había sumergido. Afirmó que podría haber estado todo el día bajo el agua, de no ser porque una mujer, al rato, lo zarandeó por temor a que le hubiera pasado algo.
El hecho de compartir aquel suceso con mi hermano hacía lo ocurrido aún más asombroso; y me incitaba, esta vez en compañía, a probar de nuevo.Pero a veces los misterios existen para no ser descubiertos. Ni siquiera tuvimos ocasión de intentarlo.
Alguien le contó a mamá lo de la mujer y el muchacho que nos sacaron a Javi y a mí de la piscina. Mamá se alarmó muchísimo y nos prohibió volver a nadar solos.
A partir de entonces nos acompañaba en cada salida, e incluso entraba en el agua con nosotros. Luego acabó julio, y por fin regresamos a casa.
Nunca volvimos a aquel lugar. La residencia quedó, como quedan tantas cosas, sólo en nuestra memoria. Y sobre todo aquella piscina, que se dibujaba solitaria en mitad de la planicie.
A veces la recuerdo, aún con mi mente de niña, y me sumerjo entre sus aguas cuando quiero encontrar paz. La brisa sigue revoloteando entre las hojas, y mis manos, aferrándose a la barra, parecen querer mantener esa pequeña conexión con el mundo real.
Hoy en día, desde la sierra, se puede ver todavía un punto en mitad del valle. Es la residencia de verano. La gran residencia que, por aquél entonces, acogía a sus huéspedes en los meses de estío. Aún permanece en pie a pesar del tiempo. Conservando para siempre el misterio, en aquel lugar de Cogollos-Vega.
miércoles, 27 de enero de 2010
¿Catástrofe natural o catástrofe social?
Hace un par de semanas el mundo quedó conmocionado por la catástrofe de Haití. Tuvo que ser el país más pobre de América, precisamente, el que se viera sacudido por un fuerte terremoto. Y es que a veces la mala suerte parece tocar a quien menos la necesita. Desde entonces, han sido innumerables las muestras de solidaridad desde todos los puntos del planeta. Donaciones, conciertos benéficos y hasta voluntarios se han ofrecido para auxiliar a los damnificados; ayudas que han llegado al país caribeño desde organizaciones privadas y públicas, desde empresas y ciudadanos anónimos.
Todo esto, sin embargo, y a pesar de ser más que loables los esfuerzos desinteresados de millones de personas, llega demasiado tarde para las 150000 víctimas mortales. Lo voy a repetir porque a veces no se captan bien las ideas con una sola lectura: ciento cincuenta mil víctimas. No, no estoy hablando de coches, ni de almohadas, ni de malditos euros. Estoy hablando de personas. Gente. Con un nombre y un apellido. Con familia y con amigos con los que estar o charlar. Con allegados con los que pelearse y reconciliarse. Con las mismas rutinas de cualquiera: madrugar, hacer la compra o salir un viernes por la noche. Con sueños y con metas. Con habilidades y con torpezas. Lo dicho: gente.
Ahora puede que alguno se pregunte por qué estoy hablando de esas 150000 personas. ¿Acaso podríamos haber hecho algo antes de que el temblor sacudiese la tierra? ¿Es posible, quizá, predecir un terremoto o hacerlo al menos con la suficiente antelación para evacuar la zona? La respuesta a la segunda pregunta es evidente: no. La respuesta a la primera, me temo, es sí.
Es verdad que una catástrofe natural es, casi siempre, ajena a la obra del hombre; pero muy a menudo no lo son sus consecuencias. ¿O es menos cierto que las casas mejor construidas, aquéllas bien diseñadas y de fuertes cimientos, han resistido el seísmo sin mayores contratiempos? ¿Qué hubiera ocurrido si, en vez de una masificación de semi-edificios mal amontonados, Puerto Príncipe hubiese sido, en su totalidad, una ciudad con una buena planificación urbanística y demográfica? ¿Estaríamos hablando de ciento cincuenta mil muertes? Sinceramente, no lo creo.
Hay un hecho que me llama la atención, y es que un país tan pobre como Haití tenga que destinar parte de su producción nacional a pagar su deuda externa. Absurdo, ¿no? En mi caso he de decir que desconozco por completo el sistema, pero es evidente que si algo así sucede (y no sólo en Haití, sino en todos los países en vías de desarrollo) entonces es que hay algo que no funciona. Sólo ahora, después de la tragedia, se ha decidido condonar dicha deuda. ¿No les hubiera venido a los haitianos mucho mejor que se la condonaran antes? ¿No habrían podido de ese modo destinar sus recursos a estar mejor preparados para algo así? Ha tenido que sufrir el país la violencia de un gran terremoto para que llegue a tomarse una decisión que, en mi opinión, se debería haber tomado hace tiempo. Han tenido que temblar los cimientos de la tierra para que gran parte del mundo conociera por fin la desastrosa situación económica en la que se encontraba (y se encuentra) Haití. Sólo ahora, después de la desgracia, es cuando nos volcamos con ellos. Ahora, es cuando decimos: ¡Ayudémoslos, nos necesitan! Y brindamos con la hipocresía de llamarnos solidarios porque somos capaces de mover millones en divisas para auxiliar a un pueblo en la tragedia. Y seguimos utilizando la misma palabra –solidaridad-, que no es en realidad otra cosa que restituir en una pequeña parte aquello que no nos pertenece. Una palabra que, para ser sincera, me suena un tanto pretenciosa teniendo en cuenta los antecedentes de nuestras acciones (o ausencia de acciones) con ellos.
Gracias al terremoto de Haití, mucha gente ha empezado a ubicarlo en el mapa y a hablar de él. Dicen que de todo se aprende, así que quizá, y sólo quizá, estemos empezando a tomar nota para, en vez de esperar a que una catástrofe asole otras zonas, comencemos a aplicar medidas para evitar que, cuando ocurran, sean tan devastadoras. ¿O volverá a ser necesario que un volcán entre en erupción para que nos demos cuenta de que otras personas existen y de que necesitan ayuda?
Todo esto, sin embargo, y a pesar de ser más que loables los esfuerzos desinteresados de millones de personas, llega demasiado tarde para las 150000 víctimas mortales. Lo voy a repetir porque a veces no se captan bien las ideas con una sola lectura: ciento cincuenta mil víctimas. No, no estoy hablando de coches, ni de almohadas, ni de malditos euros. Estoy hablando de personas. Gente. Con un nombre y un apellido. Con familia y con amigos con los que estar o charlar. Con allegados con los que pelearse y reconciliarse. Con las mismas rutinas de cualquiera: madrugar, hacer la compra o salir un viernes por la noche. Con sueños y con metas. Con habilidades y con torpezas. Lo dicho: gente.
Ahora puede que alguno se pregunte por qué estoy hablando de esas 150000 personas. ¿Acaso podríamos haber hecho algo antes de que el temblor sacudiese la tierra? ¿Es posible, quizá, predecir un terremoto o hacerlo al menos con la suficiente antelación para evacuar la zona? La respuesta a la segunda pregunta es evidente: no. La respuesta a la primera, me temo, es sí.
Es verdad que una catástrofe natural es, casi siempre, ajena a la obra del hombre; pero muy a menudo no lo son sus consecuencias. ¿O es menos cierto que las casas mejor construidas, aquéllas bien diseñadas y de fuertes cimientos, han resistido el seísmo sin mayores contratiempos? ¿Qué hubiera ocurrido si, en vez de una masificación de semi-edificios mal amontonados, Puerto Príncipe hubiese sido, en su totalidad, una ciudad con una buena planificación urbanística y demográfica? ¿Estaríamos hablando de ciento cincuenta mil muertes? Sinceramente, no lo creo.
Hay un hecho que me llama la atención, y es que un país tan pobre como Haití tenga que destinar parte de su producción nacional a pagar su deuda externa. Absurdo, ¿no? En mi caso he de decir que desconozco por completo el sistema, pero es evidente que si algo así sucede (y no sólo en Haití, sino en todos los países en vías de desarrollo) entonces es que hay algo que no funciona. Sólo ahora, después de la tragedia, se ha decidido condonar dicha deuda. ¿No les hubiera venido a los haitianos mucho mejor que se la condonaran antes? ¿No habrían podido de ese modo destinar sus recursos a estar mejor preparados para algo así? Ha tenido que sufrir el país la violencia de un gran terremoto para que llegue a tomarse una decisión que, en mi opinión, se debería haber tomado hace tiempo. Han tenido que temblar los cimientos de la tierra para que gran parte del mundo conociera por fin la desastrosa situación económica en la que se encontraba (y se encuentra) Haití. Sólo ahora, después de la desgracia, es cuando nos volcamos con ellos. Ahora, es cuando decimos: ¡Ayudémoslos, nos necesitan! Y brindamos con la hipocresía de llamarnos solidarios porque somos capaces de mover millones en divisas para auxiliar a un pueblo en la tragedia. Y seguimos utilizando la misma palabra –solidaridad-, que no es en realidad otra cosa que restituir en una pequeña parte aquello que no nos pertenece. Una palabra que, para ser sincera, me suena un tanto pretenciosa teniendo en cuenta los antecedentes de nuestras acciones (o ausencia de acciones) con ellos.
Gracias al terremoto de Haití, mucha gente ha empezado a ubicarlo en el mapa y a hablar de él. Dicen que de todo se aprende, así que quizá, y sólo quizá, estemos empezando a tomar nota para, en vez de esperar a que una catástrofe asole otras zonas, comencemos a aplicar medidas para evitar que, cuando ocurran, sean tan devastadoras. ¿O volverá a ser necesario que un volcán entre en erupción para que nos demos cuenta de que otras personas existen y de que necesitan ayuda?
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