Me gusta contemplar la vista desde mi ventana y, a veces, en noches como ésta, me siento delante con el equipo encendido y escucho un poco de música. Suelo dejar la mente en blanco, para que vague libremente por los recuerdos o fantasías que quieran venir a visitarme. Entonces recuerdo aquellos paseos camino a la biblioteca al salir del colegio. Me recreo, una vez más, con las mil y una historias de amor que me llevaron, en lecturas interminables, a pasar noches de desvelo a la luz de una lámpara. Y me pregunto qué habrá sido de aquel amor, de aquel concepto, idealizado e inocente, que a través de las novelas vivió en mí por un tiempo. Me pregunto qué fue, qué es y qué será de esa niña, revoltosa y crédula, a la que cada día que pasa me cuesta más recordar. Se aleja de mi memoria. Se desvanece. Se pierde entre un montón de luces artificiales. Y luego vuelve, como un fantasma susurrante al que puedo sentir pero nunca ver, para decirme al oído que fue feliz. Que encontró el camino a la sabiduría. Que llegó a conocer la pureza y que vivió en el anhelado y tranquilo lecho de la bondad. Y me cuenta que aún reside en él; que en realidad nunca lo abandonó y que vive contenta, muy lejos de mí.
Yo le sonrío y le mando un beso de amor, deseando que su felicidad perdure dondequiera que esté. Que conserve intacta para siempre su naturaleza espontánea y rebelde, indecorosa y vibrante, común a todos los niños. Luego miro por la ventana. Una serie de neones parpadeantes me hacen guiños en la distancia a través del cristal. La niña se ha ido y yo estoy sola, sentada escuchando música. Sé que volverá pero, cada vez, temo que llegue el día en que ya no regrese. Yo la espero. La llamo en mitad de la noche cuando hay silencio, cerrando los ojos con fuerza. Le pido que no se aleje. Le digo que la necesito. Pero ella ya no me responde. Sólo ríe mientras juega con otra cosa.
Hace mucho que esa niña y yo dejamos de ser la misma persona.
Las luces de la ciudad nocturna continúan parpadeando más allá del ventanal. El tiempo avanza. Los altavoces suenan.
La temperatura es agradable. Mañana estará despejado.
Oigo unos acordes. Empieza otra canción.
Sólo un par de temas más, antes de irme a dormir.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
martes, 10 de agosto de 2010
Miedo
A veces contemplo a parejas pasear cogidas de la mano
y me resulta extraño.
Es lo que tiene vivir en lo profundo del pozo
que uno acaba cogiéndole gusto a la soledad.
Me pregunto, al observarlas, si de verdad son felices.
Me pregunto, a su vez, si de verdad lo soy yo.
Demasiadas canciones de amor suenan en la radio.
Siempre ignoro cuanto dicen.
El estado de amor es una rebelión antinatural.
Anula. Ciega. Devora.
Quizá sea cierto que he perdido la ilusión,
pero no es menos verdad que el único modo de no sufrir
es no amar.
Parejas van.
Parejas vienen.
Me aterra pensar que, en este momento, pueda estar enamorándome.
Jamás imaginé
que acabaría temiendo a la vida.
y me resulta extraño.
Es lo que tiene vivir en lo profundo del pozo
que uno acaba cogiéndole gusto a la soledad.
Me pregunto, al observarlas, si de verdad son felices.
Me pregunto, a su vez, si de verdad lo soy yo.
Demasiadas canciones de amor suenan en la radio.
Siempre ignoro cuanto dicen.
El estado de amor es una rebelión antinatural.
Anula. Ciega. Devora.
Quizá sea cierto que he perdido la ilusión,
pero no es menos verdad que el único modo de no sufrir
es no amar.
Parejas van.
Parejas vienen.
Me aterra pensar que, en este momento, pueda estar enamorándome.
Jamás imaginé
que acabaría temiendo a la vida.
domingo, 8 de agosto de 2010
Excursión al lago Langano
Un grupo de españoles y un par de etíopes, en una destartalada furgoneta alquilada y su conductor, viajábamos camino del lago Langano, a unos 190 kilómetros al sur de Addis Abeba. Cinco horas de ida y cinco de vuelta merecerían la pena para las tres o cuatro que permanecimos allí. Y todo a pesar del empeño de quien conducía de llevarnos al estilo local (con más intuición que prudencia), por una carretera de un carril para cada sentido que, aunque bien asfaltada, soportaba un incesante tráfico de camiones que iban y venían al margen de nuestra presencia. Los adelantamientos, ya peligrosos a plena luz por la escasa visibilidad sobre los camiones que pudieran venir de frente, y a demasiada velocidad, saltaban vertiginosamente de categoría hasta alcanzar el término suicida cuando veníamos de regreso, de noche, lloviendo (incluso dentro de la furgoneta), compartiendo carretera y no necesariamente sentido de la marcha, con vehículos que definitivamente no habrían pasado la Itv en España en lo que a iluminación se refiere. No quisiera pensar en el resto de la revisión como motor, ruedas y frenos.
El paisaje que íbamos descubriendo coincidía en gran parte con lo que la televisión y el cine nos tiene acostumbrados respecto a África. Se nos abrían planicies de suelo infinito en suaves y armoniosos tonos tierra, manchados de verdor reciente y húmedo, tanto cerca como lejos, y esos inconfundibles árboles solitarios en mitad de la llanura, como colocados para construir el perfecto horizonte.
A ratos, aquí o allá, aparecían por el borde de las vías algunos caminantes guiando a su ganado (cuatro o cinco reses a lo sumo), que parecían repetirse, como la llanura y los árboles, cada tantos kilómetros. Es interesante sin embargo recordar, que a pesar del largo trayecto y de lo monótono de las vistas, no era un viaje aburrido.
Divisamos, casi a la hora de almorzar, el lago. El gran lago Langano. Un gigante. Una masa que se perdía hasta caer al otro lado del mundo. Pensé que sería sin duda un punto destacado en los mapas de África; error que comprobé días más tarde, pues ni siquiera se mencionaba, empequeñecido y desplazado por los verdaderos protagonistas de su geografía, que no llegamos a visitar, y que no llego a imaginarme.
El contraste, una vez allí, en los colores y franjas de aquella visión, era sorprendente. En la orilla, salvando los cuarenta o cincuenta metros de arena áspera, gris y amarilla, habitaba un bosque disperso y verdísimo, que terminaba en una colina empedrada, limitando las vistas a nuestra izquierda. Delante, el lago. Marrón, o mejor café con leche, parecía confundirse en el horizonte con un cielo que iba perdiendo su azul a medida que se acercaba al suelo. Y por encima de nosotros, justo encima y hacia la derecha, un banco de nubes amenazando con romper el claro de sol. El sol más directo y perpendicular al suelo que jamás he visto, y el de luz más intensa.
Nos respetaron sin embargo las nubes, pues no cayó una sola gota mientras estuvimos allí. Ni siquiera en el paseo en barca, armatoste de suave traqueteo con murmullo arrullador de motor viejo pero constante, guiado por su patrón (casi tan viejo como la barca), que nos mecía suavemente sobre el agua compacta y opaca y que acabó, como era de esperar, por dormir bajo aquel calor a las tres cuartas partes de los visitantes que subimos a la barcaza.
Fulminados llegaron a la orilla todos los niños (los primeros en caer), la mayor parte de los adultos de nuestro grupo, y todos menos uno de los orientales (seguramente japoneses) que nos encontramos haciendo turismo, al igual que nosotros, en aquel recóndito lugar.
Los lugareños, algunos bañándose en aquel mar de barro acuoso, o bailando y riendo en grupos en la orilla, no parecían hacernos mucho caso. Otros, o mejor otras, lavaban (si es que algo se podía limpiar en aquel líquido opaco) montones de ropas y telas bajo las turbias aguas y las tendían entre las rocas.
Nosotros, después del paseo y las indispensables fotos, y tras recuperarnos de la imprevista siesta en la barcaza, conseguimos que nos sirvieran, a destiempo, una buena comida tipo italiana en el único restaurante cercano, de amplios espacios y terraza, con vistas al lago.
Una vez fuera, después de los postres y para aprovechar los minutos que nos quedaran antes de tomar el camino de vuelta, nos sentamos a la sombra generosa de los lindes de aquel lugar, observando, saciados y tranquilos. Las mujeres que lavaban ya recogían las prendas, secadas bajo las horas de luz vertical. Los que antes bailaban yacían serenos, como nosotros, masticando hojas de chat. Otros, los menos, seguían nadando.
El paisaje que íbamos descubriendo coincidía en gran parte con lo que la televisión y el cine nos tiene acostumbrados respecto a África. Se nos abrían planicies de suelo infinito en suaves y armoniosos tonos tierra, manchados de verdor reciente y húmedo, tanto cerca como lejos, y esos inconfundibles árboles solitarios en mitad de la llanura, como colocados para construir el perfecto horizonte.
A ratos, aquí o allá, aparecían por el borde de las vías algunos caminantes guiando a su ganado (cuatro o cinco reses a lo sumo), que parecían repetirse, como la llanura y los árboles, cada tantos kilómetros. Es interesante sin embargo recordar, que a pesar del largo trayecto y de lo monótono de las vistas, no era un viaje aburrido.
Divisamos, casi a la hora de almorzar, el lago. El gran lago Langano. Un gigante. Una masa que se perdía hasta caer al otro lado del mundo. Pensé que sería sin duda un punto destacado en los mapas de África; error que comprobé días más tarde, pues ni siquiera se mencionaba, empequeñecido y desplazado por los verdaderos protagonistas de su geografía, que no llegamos a visitar, y que no llego a imaginarme.
El contraste, una vez allí, en los colores y franjas de aquella visión, era sorprendente. En la orilla, salvando los cuarenta o cincuenta metros de arena áspera, gris y amarilla, habitaba un bosque disperso y verdísimo, que terminaba en una colina empedrada, limitando las vistas a nuestra izquierda. Delante, el lago. Marrón, o mejor café con leche, parecía confundirse en el horizonte con un cielo que iba perdiendo su azul a medida que se acercaba al suelo. Y por encima de nosotros, justo encima y hacia la derecha, un banco de nubes amenazando con romper el claro de sol. El sol más directo y perpendicular al suelo que jamás he visto, y el de luz más intensa.
Nos respetaron sin embargo las nubes, pues no cayó una sola gota mientras estuvimos allí. Ni siquiera en el paseo en barca, armatoste de suave traqueteo con murmullo arrullador de motor viejo pero constante, guiado por su patrón (casi tan viejo como la barca), que nos mecía suavemente sobre el agua compacta y opaca y que acabó, como era de esperar, por dormir bajo aquel calor a las tres cuartas partes de los visitantes que subimos a la barcaza.
Fulminados llegaron a la orilla todos los niños (los primeros en caer), la mayor parte de los adultos de nuestro grupo, y todos menos uno de los orientales (seguramente japoneses) que nos encontramos haciendo turismo, al igual que nosotros, en aquel recóndito lugar.
Los lugareños, algunos bañándose en aquel mar de barro acuoso, o bailando y riendo en grupos en la orilla, no parecían hacernos mucho caso. Otros, o mejor otras, lavaban (si es que algo se podía limpiar en aquel líquido opaco) montones de ropas y telas bajo las turbias aguas y las tendían entre las rocas.
Nosotros, después del paseo y las indispensables fotos, y tras recuperarnos de la imprevista siesta en la barcaza, conseguimos que nos sirvieran, a destiempo, una buena comida tipo italiana en el único restaurante cercano, de amplios espacios y terraza, con vistas al lago.
Una vez fuera, después de los postres y para aprovechar los minutos que nos quedaran antes de tomar el camino de vuelta, nos sentamos a la sombra generosa de los lindes de aquel lugar, observando, saciados y tranquilos. Las mujeres que lavaban ya recogían las prendas, secadas bajo las horas de luz vertical. Los que antes bailaban yacían serenos, como nosotros, masticando hojas de chat. Otros, los menos, seguían nadando.
jueves, 8 de julio de 2010
Definiciones de escritor. II
Un escritor es una persona que busca la belleza. Cuando la encuentra, la escribe. Cuando no la encuentra, la escribe.
miércoles, 30 de junio de 2010
Definiciones de escritor. I
Un escritor es una persona que tiene demasiado tiempo para pensar, y lo que es peor: la capacidad y el deseo de expresarse con palabras.
lunes, 31 de mayo de 2010
Entre crisis y políticos
Pareciera que el político tuviera por oficio,
más que gobernar o dirigir una nación,
el tirarle los trastos de continuo a su oponente
o el sacarle los dientes y obtener el beneficio
de su partido, de su hacienda, su local o su razón.
Siendo, como es -o debiera ser-, persona
además de capaz, de suficiente integridad,
resulta curioso que no sea competente
para lidiar en el trabajo al lado de su oponente
y saber valorarlo con justa objetividad.
No quisiera, con esto, como tiran en la lona
arrojar mi toalla ante la adversidad,
pero tan poca fe me inspira aquél que, a diario
sigue demostrando ineptitud para gobernar,
como aquél que se dedica a poco más que despotricar
incapaz de ver nunca nada bueno en su adversario.
más que gobernar o dirigir una nación,
el tirarle los trastos de continuo a su oponente
o el sacarle los dientes y obtener el beneficio
de su partido, de su hacienda, su local o su razón.
Siendo, como es -o debiera ser-, persona
además de capaz, de suficiente integridad,
resulta curioso que no sea competente
para lidiar en el trabajo al lado de su oponente
y saber valorarlo con justa objetividad.
No quisiera, con esto, como tiran en la lona
arrojar mi toalla ante la adversidad,
pero tan poca fe me inspira aquél que, a diario
sigue demostrando ineptitud para gobernar,
como aquél que se dedica a poco más que despotricar
incapaz de ver nunca nada bueno en su adversario.
sábado, 17 de abril de 2010
Poema
Tantas noches para amar me tienes
en promesas reservadas; tantas,
como versos de tu amor me cantas
entre arrullos cada vez que vienes.
De mil flores llenas hoy tus manos.
De regalos. De presentes. Y éstos
a mi puerta llevarás bien prestos
para no hacer tus esfuerzos vanos.
Mas hay algo que no puedes darme
pues en necios corazones falta;
aquello que por pedirte salta
de mi alma a tu corazón de niño.
Lo que aún no sabes regalarme
no es otra cosa sino cariño.
en promesas reservadas; tantas,
como versos de tu amor me cantas
entre arrullos cada vez que vienes.
De mil flores llenas hoy tus manos.
De regalos. De presentes. Y éstos
a mi puerta llevarás bien prestos
para no hacer tus esfuerzos vanos.
Mas hay algo que no puedes darme
pues en necios corazones falta;
aquello que por pedirte salta
de mi alma a tu corazón de niño.
Lo que aún no sabes regalarme
no es otra cosa sino cariño.
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