Han cerrado CNN+, aquí en España. Un canal dedicado en exclusiva a la información, a los reportajes y a las entrevistas. Es decir, al periodismo.
Era el único canal de televisión que veía, cuando acaso me dignaba a sentarme delante de la pantalla. (Aquí he de excluir, obviamente, los sempiternos Disney Chanel y Clan, habituales de mis hijas).
Me han quitado, por lo tanto, el único medio televisivo que me apetecía utilizar cuando alguna vez me daba por informarme.
En su lugar, y en un gesto bastante significativo, han puesto una emisión 24 horas de Gran Hermano.
Al final va a ser verdad
que tenemos lo que merecemos.
lunes, 3 de enero de 2011
domingo, 12 de diciembre de 2010
Sin remordimientos
No tengo crisis creativa; tengo crisis de tiempo. Me estoy dedicando a vivir. Y vivir es incompatible con la literatura.
viernes, 10 de diciembre de 2010
Comfortably numb
- El estado de bienestar… yo hace tiempo que habría mandado al cuerno ese estado de bienestar.
Amalia y Julia miran a Raquel, que sigue caminando hacia el bar, fumando un cigarrillo, como si no acabara de interrumpirlas.
Entran detrás de ella. Ninguna comenta nada. Se sientan a su lado en la misma mesa de siempre. Raquel apaga el cigarro contra el cenicero, como hace siempre, pero esta vez enciende otro y, reclinándose hacia atrás en la silla, prosigue:
- Os lo explicaré: Es esa sensación… como aquella canción de los setenta, ¿cómo se llamaba? Comfortably numb. Eso es. Yo diría que es como el estado de bienestar. Y no digo felicidad, porque la felicidad es estar por encima de eso. Así que dejémoslo en bienestar, o mejor dicho: en eso que la gente cree que consiste el bienestar.
Todo viene a partir de los… digamos treinta y pico o cuarenta. Ya estás casada, tienes hijos, un empleo estable, un marido que te quiere. Y de repente te das cuenta de que te han nacido responsabilidades hasta de debajo de las piedras. Responsabilidades con tu familia. Responsabilidades con tu trabajo. Hasta responsabilidades con tus amigos y vete a saber con quién más. Pero tú, lógicamente, sigues queriendo hacer cosas, tus cosas, igual que lo has hecho toda tu puñetera vida. Pero ahora no puedes hacerlas porque tienes que pensar en tus responsabilidades. Quieres salir, pero hay otras cosas que requieren tu tiempo y, por supuesto, debes ser responsable con aquello que tienes a tu cargo y, también, con aquél con quien te has comprometido. Y no hablo sólo del marido sino de cualquier persona que espera algo de ti. Una llamada de teléfono. La compra de algún artículo. Llevar a alguien en coche. Y no es que lo hagas a disgusto, ni mucho menos, pero te sigue quitando tiempo para tus cosas. Y como, por supuesto, eres responsable, dejas de hacer esas cosas que te gustan, porque son secundarias y no tienes tiempo que dedicarle. Así que te dedicas a lo importante. Sólo a lo importante. Y así, poco a poco, vas aprendiendo a aguantarte las ganas y a dejar para otro momento todo aquello que verdaderamente quieres hacer, aunque ese momento en realidad nunca llega. Y aquello que te fascinaba y a lo que antes acudías en el primer impulso, sin preocuparte siquiera si estaba bien o mal, ya no lo haces.
Antes, sólo sabías que querías hacer algo, que necesitabas hacer algo, y lo hacías. Y aunque a veces te equivocabas no importaba. Pero de repente ya eres mayor. No, no me refiero a la edad sino a hacerse responsable. Así que, como lo eres, ya no puedes ser impulsiva e irreflexiva. Ya no puedes ir por ahí haciendo lo que te da la gana. Todos esos impulsos te los tienes que aguantar, para adentro, sabiendo en realidad que nunca podrás llevarlos a cabo. Ya no te guías por tus deseos sino por tus deberes. Y cuando quieres mirar atrás te das cuenta de que a fuerza de aguantarte ya has perdido las ilusiones. Y se agotan, creedme. –Raquel aspira profundamente a través del filtro de su Ducados. Amalia y Julia la observan con atención. Ella les devuelve una mirada seria. Espira-. Pero lo peor de todo es cuando llega el momento en que tomas conciencia de que ya ni siquiera te importa. De que llevas aguantándote tanto tiempo que nada te importa. Y es entonces cuando puedes afirmar, con toda rotundidad, que absolutamente nada importa. Que ganar, es lo mismo que perder.
Eso es a lo que la gente llama madurar.
Amalia y Julia miran a Raquel, que sigue caminando hacia el bar, fumando un cigarrillo, como si no acabara de interrumpirlas.
Entran detrás de ella. Ninguna comenta nada. Se sientan a su lado en la misma mesa de siempre. Raquel apaga el cigarro contra el cenicero, como hace siempre, pero esta vez enciende otro y, reclinándose hacia atrás en la silla, prosigue:
- Os lo explicaré: Es esa sensación… como aquella canción de los setenta, ¿cómo se llamaba? Comfortably numb. Eso es. Yo diría que es como el estado de bienestar. Y no digo felicidad, porque la felicidad es estar por encima de eso. Así que dejémoslo en bienestar, o mejor dicho: en eso que la gente cree que consiste el bienestar.
Todo viene a partir de los… digamos treinta y pico o cuarenta. Ya estás casada, tienes hijos, un empleo estable, un marido que te quiere. Y de repente te das cuenta de que te han nacido responsabilidades hasta de debajo de las piedras. Responsabilidades con tu familia. Responsabilidades con tu trabajo. Hasta responsabilidades con tus amigos y vete a saber con quién más. Pero tú, lógicamente, sigues queriendo hacer cosas, tus cosas, igual que lo has hecho toda tu puñetera vida. Pero ahora no puedes hacerlas porque tienes que pensar en tus responsabilidades. Quieres salir, pero hay otras cosas que requieren tu tiempo y, por supuesto, debes ser responsable con aquello que tienes a tu cargo y, también, con aquél con quien te has comprometido. Y no hablo sólo del marido sino de cualquier persona que espera algo de ti. Una llamada de teléfono. La compra de algún artículo. Llevar a alguien en coche. Y no es que lo hagas a disgusto, ni mucho menos, pero te sigue quitando tiempo para tus cosas. Y como, por supuesto, eres responsable, dejas de hacer esas cosas que te gustan, porque son secundarias y no tienes tiempo que dedicarle. Así que te dedicas a lo importante. Sólo a lo importante. Y así, poco a poco, vas aprendiendo a aguantarte las ganas y a dejar para otro momento todo aquello que verdaderamente quieres hacer, aunque ese momento en realidad nunca llega. Y aquello que te fascinaba y a lo que antes acudías en el primer impulso, sin preocuparte siquiera si estaba bien o mal, ya no lo haces.
Antes, sólo sabías que querías hacer algo, que necesitabas hacer algo, y lo hacías. Y aunque a veces te equivocabas no importaba. Pero de repente ya eres mayor. No, no me refiero a la edad sino a hacerse responsable. Así que, como lo eres, ya no puedes ser impulsiva e irreflexiva. Ya no puedes ir por ahí haciendo lo que te da la gana. Todos esos impulsos te los tienes que aguantar, para adentro, sabiendo en realidad que nunca podrás llevarlos a cabo. Ya no te guías por tus deseos sino por tus deberes. Y cuando quieres mirar atrás te das cuenta de que a fuerza de aguantarte ya has perdido las ilusiones. Y se agotan, creedme. –Raquel aspira profundamente a través del filtro de su Ducados. Amalia y Julia la observan con atención. Ella les devuelve una mirada seria. Espira-. Pero lo peor de todo es cuando llega el momento en que tomas conciencia de que ya ni siquiera te importa. De que llevas aguantándote tanto tiempo que nada te importa. Y es entonces cuando puedes afirmar, con toda rotundidad, que absolutamente nada importa. Que ganar, es lo mismo que perder.
Eso es a lo que la gente llama madurar.
miércoles, 22 de septiembre de 2010
La niña que ya no soy
Me gusta contemplar la vista desde mi ventana y, a veces, en noches como ésta, me siento delante con el equipo encendido y escucho un poco de música. Suelo dejar la mente en blanco, para que vague libremente por los recuerdos o fantasías que quieran venir a visitarme. Entonces recuerdo aquellos paseos camino a la biblioteca al salir del colegio. Me recreo, una vez más, con las mil y una historias de amor que me llevaron, en lecturas interminables, a pasar noches de desvelo a la luz de una lámpara. Y me pregunto qué habrá sido de aquel amor, de aquel concepto, idealizado e inocente, que a través de las novelas vivió en mí por un tiempo. Me pregunto qué fue, qué es y qué será de esa niña, revoltosa y crédula, a la que cada día que pasa me cuesta más recordar. Se aleja de mi memoria. Se desvanece. Se pierde entre un montón de luces artificiales. Y luego vuelve, como un fantasma susurrante al que puedo sentir pero nunca ver, para decirme al oído que fue feliz. Que encontró el camino a la sabiduría. Que llegó a conocer la pureza y que vivió en el anhelado y tranquilo lecho de la bondad. Y me cuenta que aún reside en él; que en realidad nunca lo abandonó y que vive contenta, muy lejos de mí.
Yo le sonrío y le mando un beso de amor, deseando que su felicidad perdure dondequiera que esté. Que conserve intacta para siempre su naturaleza espontánea y rebelde, indecorosa y vibrante, común a todos los niños. Luego miro por la ventana. Una serie de neones parpadeantes me hacen guiños en la distancia a través del cristal. La niña se ha ido y yo estoy sola, sentada escuchando música. Sé que volverá pero, cada vez, temo que llegue el día en que ya no regrese. Yo la espero. La llamo en mitad de la noche cuando hay silencio, cerrando los ojos con fuerza. Le pido que no se aleje. Le digo que la necesito. Pero ella ya no me responde. Sólo ríe mientras juega con otra cosa.
Hace mucho que esa niña y yo dejamos de ser la misma persona.
Las luces de la ciudad nocturna continúan parpadeando más allá del ventanal. El tiempo avanza. Los altavoces suenan.
La temperatura es agradable. Mañana estará despejado.
Oigo unos acordes. Empieza otra canción.
Sólo un par de temas más, antes de irme a dormir.
Yo le sonrío y le mando un beso de amor, deseando que su felicidad perdure dondequiera que esté. Que conserve intacta para siempre su naturaleza espontánea y rebelde, indecorosa y vibrante, común a todos los niños. Luego miro por la ventana. Una serie de neones parpadeantes me hacen guiños en la distancia a través del cristal. La niña se ha ido y yo estoy sola, sentada escuchando música. Sé que volverá pero, cada vez, temo que llegue el día en que ya no regrese. Yo la espero. La llamo en mitad de la noche cuando hay silencio, cerrando los ojos con fuerza. Le pido que no se aleje. Le digo que la necesito. Pero ella ya no me responde. Sólo ríe mientras juega con otra cosa.
Hace mucho que esa niña y yo dejamos de ser la misma persona.
Las luces de la ciudad nocturna continúan parpadeando más allá del ventanal. El tiempo avanza. Los altavoces suenan.
La temperatura es agradable. Mañana estará despejado.
Oigo unos acordes. Empieza otra canción.
Sólo un par de temas más, antes de irme a dormir.
martes, 10 de agosto de 2010
Miedo
A veces contemplo a parejas pasear cogidas de la mano
y me resulta extraño.
Es lo que tiene vivir en lo profundo del pozo
que uno acaba cogiéndole gusto a la soledad.
Me pregunto, al observarlas, si de verdad son felices.
Me pregunto, a su vez, si de verdad lo soy yo.
Demasiadas canciones de amor suenan en la radio.
Siempre ignoro cuanto dicen.
El estado de amor es una rebelión antinatural.
Anula. Ciega. Devora.
Quizá sea cierto que he perdido la ilusión,
pero no es menos verdad que el único modo de no sufrir
es no amar.
Parejas van.
Parejas vienen.
Me aterra pensar que, en este momento, pueda estar enamorándome.
Jamás imaginé
que acabaría temiendo a la vida.
y me resulta extraño.
Es lo que tiene vivir en lo profundo del pozo
que uno acaba cogiéndole gusto a la soledad.
Me pregunto, al observarlas, si de verdad son felices.
Me pregunto, a su vez, si de verdad lo soy yo.
Demasiadas canciones de amor suenan en la radio.
Siempre ignoro cuanto dicen.
El estado de amor es una rebelión antinatural.
Anula. Ciega. Devora.
Quizá sea cierto que he perdido la ilusión,
pero no es menos verdad que el único modo de no sufrir
es no amar.
Parejas van.
Parejas vienen.
Me aterra pensar que, en este momento, pueda estar enamorándome.
Jamás imaginé
que acabaría temiendo a la vida.
domingo, 8 de agosto de 2010
Excursión al lago Langano
Un grupo de españoles y un par de etíopes, en una destartalada furgoneta alquilada y su conductor, viajábamos camino del lago Langano, a unos 190 kilómetros al sur de Addis Abeba. Cinco horas de ida y cinco de vuelta merecerían la pena para las tres o cuatro que permanecimos allí. Y todo a pesar del empeño de quien conducía de llevarnos al estilo local (con más intuición que prudencia), por una carretera de un carril para cada sentido que, aunque bien asfaltada, soportaba un incesante tráfico de camiones que iban y venían al margen de nuestra presencia. Los adelantamientos, ya peligrosos a plena luz por la escasa visibilidad sobre los camiones que pudieran venir de frente, y a demasiada velocidad, saltaban vertiginosamente de categoría hasta alcanzar el término suicida cuando veníamos de regreso, de noche, lloviendo (incluso dentro de la furgoneta), compartiendo carretera y no necesariamente sentido de la marcha, con vehículos que definitivamente no habrían pasado la Itv en España en lo que a iluminación se refiere. No quisiera pensar en el resto de la revisión como motor, ruedas y frenos.
El paisaje que íbamos descubriendo coincidía en gran parte con lo que la televisión y el cine nos tiene acostumbrados respecto a África. Se nos abrían planicies de suelo infinito en suaves y armoniosos tonos tierra, manchados de verdor reciente y húmedo, tanto cerca como lejos, y esos inconfundibles árboles solitarios en mitad de la llanura, como colocados para construir el perfecto horizonte.
A ratos, aquí o allá, aparecían por el borde de las vías algunos caminantes guiando a su ganado (cuatro o cinco reses a lo sumo), que parecían repetirse, como la llanura y los árboles, cada tantos kilómetros. Es interesante sin embargo recordar, que a pesar del largo trayecto y de lo monótono de las vistas, no era un viaje aburrido.
Divisamos, casi a la hora de almorzar, el lago. El gran lago Langano. Un gigante. Una masa que se perdía hasta caer al otro lado del mundo. Pensé que sería sin duda un punto destacado en los mapas de África; error que comprobé días más tarde, pues ni siquiera se mencionaba, empequeñecido y desplazado por los verdaderos protagonistas de su geografía, que no llegamos a visitar, y que no llego a imaginarme.
El contraste, una vez allí, en los colores y franjas de aquella visión, era sorprendente. En la orilla, salvando los cuarenta o cincuenta metros de arena áspera, gris y amarilla, habitaba un bosque disperso y verdísimo, que terminaba en una colina empedrada, limitando las vistas a nuestra izquierda. Delante, el lago. Marrón, o mejor café con leche, parecía confundirse en el horizonte con un cielo que iba perdiendo su azul a medida que se acercaba al suelo. Y por encima de nosotros, justo encima y hacia la derecha, un banco de nubes amenazando con romper el claro de sol. El sol más directo y perpendicular al suelo que jamás he visto, y el de luz más intensa.
Nos respetaron sin embargo las nubes, pues no cayó una sola gota mientras estuvimos allí. Ni siquiera en el paseo en barca, armatoste de suave traqueteo con murmullo arrullador de motor viejo pero constante, guiado por su patrón (casi tan viejo como la barca), que nos mecía suavemente sobre el agua compacta y opaca y que acabó, como era de esperar, por dormir bajo aquel calor a las tres cuartas partes de los visitantes que subimos a la barcaza.
Fulminados llegaron a la orilla todos los niños (los primeros en caer), la mayor parte de los adultos de nuestro grupo, y todos menos uno de los orientales (seguramente japoneses) que nos encontramos haciendo turismo, al igual que nosotros, en aquel recóndito lugar.
Los lugareños, algunos bañándose en aquel mar de barro acuoso, o bailando y riendo en grupos en la orilla, no parecían hacernos mucho caso. Otros, o mejor otras, lavaban (si es que algo se podía limpiar en aquel líquido opaco) montones de ropas y telas bajo las turbias aguas y las tendían entre las rocas.
Nosotros, después del paseo y las indispensables fotos, y tras recuperarnos de la imprevista siesta en la barcaza, conseguimos que nos sirvieran, a destiempo, una buena comida tipo italiana en el único restaurante cercano, de amplios espacios y terraza, con vistas al lago.
Una vez fuera, después de los postres y para aprovechar los minutos que nos quedaran antes de tomar el camino de vuelta, nos sentamos a la sombra generosa de los lindes de aquel lugar, observando, saciados y tranquilos. Las mujeres que lavaban ya recogían las prendas, secadas bajo las horas de luz vertical. Los que antes bailaban yacían serenos, como nosotros, masticando hojas de chat. Otros, los menos, seguían nadando.
El paisaje que íbamos descubriendo coincidía en gran parte con lo que la televisión y el cine nos tiene acostumbrados respecto a África. Se nos abrían planicies de suelo infinito en suaves y armoniosos tonos tierra, manchados de verdor reciente y húmedo, tanto cerca como lejos, y esos inconfundibles árboles solitarios en mitad de la llanura, como colocados para construir el perfecto horizonte.
A ratos, aquí o allá, aparecían por el borde de las vías algunos caminantes guiando a su ganado (cuatro o cinco reses a lo sumo), que parecían repetirse, como la llanura y los árboles, cada tantos kilómetros. Es interesante sin embargo recordar, que a pesar del largo trayecto y de lo monótono de las vistas, no era un viaje aburrido.
Divisamos, casi a la hora de almorzar, el lago. El gran lago Langano. Un gigante. Una masa que se perdía hasta caer al otro lado del mundo. Pensé que sería sin duda un punto destacado en los mapas de África; error que comprobé días más tarde, pues ni siquiera se mencionaba, empequeñecido y desplazado por los verdaderos protagonistas de su geografía, que no llegamos a visitar, y que no llego a imaginarme.
El contraste, una vez allí, en los colores y franjas de aquella visión, era sorprendente. En la orilla, salvando los cuarenta o cincuenta metros de arena áspera, gris y amarilla, habitaba un bosque disperso y verdísimo, que terminaba en una colina empedrada, limitando las vistas a nuestra izquierda. Delante, el lago. Marrón, o mejor café con leche, parecía confundirse en el horizonte con un cielo que iba perdiendo su azul a medida que se acercaba al suelo. Y por encima de nosotros, justo encima y hacia la derecha, un banco de nubes amenazando con romper el claro de sol. El sol más directo y perpendicular al suelo que jamás he visto, y el de luz más intensa.
Nos respetaron sin embargo las nubes, pues no cayó una sola gota mientras estuvimos allí. Ni siquiera en el paseo en barca, armatoste de suave traqueteo con murmullo arrullador de motor viejo pero constante, guiado por su patrón (casi tan viejo como la barca), que nos mecía suavemente sobre el agua compacta y opaca y que acabó, como era de esperar, por dormir bajo aquel calor a las tres cuartas partes de los visitantes que subimos a la barcaza.
Fulminados llegaron a la orilla todos los niños (los primeros en caer), la mayor parte de los adultos de nuestro grupo, y todos menos uno de los orientales (seguramente japoneses) que nos encontramos haciendo turismo, al igual que nosotros, en aquel recóndito lugar.
Los lugareños, algunos bañándose en aquel mar de barro acuoso, o bailando y riendo en grupos en la orilla, no parecían hacernos mucho caso. Otros, o mejor otras, lavaban (si es que algo se podía limpiar en aquel líquido opaco) montones de ropas y telas bajo las turbias aguas y las tendían entre las rocas.
Nosotros, después del paseo y las indispensables fotos, y tras recuperarnos de la imprevista siesta en la barcaza, conseguimos que nos sirvieran, a destiempo, una buena comida tipo italiana en el único restaurante cercano, de amplios espacios y terraza, con vistas al lago.
Una vez fuera, después de los postres y para aprovechar los minutos que nos quedaran antes de tomar el camino de vuelta, nos sentamos a la sombra generosa de los lindes de aquel lugar, observando, saciados y tranquilos. Las mujeres que lavaban ya recogían las prendas, secadas bajo las horas de luz vertical. Los que antes bailaban yacían serenos, como nosotros, masticando hojas de chat. Otros, los menos, seguían nadando.
jueves, 8 de julio de 2010
Definiciones de escritor. II
Un escritor es una persona que busca la belleza. Cuando la encuentra, la escribe. Cuando no la encuentra, la escribe.
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