domingo, 19 de junio de 2011

Leer y estudiar literatura

Quizá no era tan mala idea, allá por los ochenta cuando cursaba la EGB, aquello de ponernos a los niños a leer, sin conocimiento ni vocación, las grandes novelas de la literatura española. Y digo que quizá no lo fuese porque, a pesar del enorme esfuerzo que suponía y de que apenas nos enterábamos ni de la mitad de lo que leíamos, al menos, en la mayoría de los casos, se quedaban en la memoria los trazos generales de las obras, la impresión primera que siempre queda de una lectura y la visión global de lo estudiado que, al abordarse en grupos de novelas, permitían unos años después recordar, por ejemplo, que Fortunata y Jacinta, La Regenta y Marianela, pertenecieron al mismo período narrativo.

El gusto por leer, sin embargo, era otra historia a la que sin duda no contribuían cuando nos obligaban a memorizar años de nacimiento y defunción, o cuando, por miedo al profesor, fingíamos reverencia hacia nombres que nada significaban para nosotros, o cuando mentíamos, directamente, al preguntarnos si habíamos leído el libro. Mentira en la que te podías estar jugando un suspenso, si el profesor te sacaba a preguntarte.

Es verdad que se adquiría culturilla, aunque fuese en los rasgos más superficiales, y también había a quien le encantaba la lectura, incluso de las obras más antiguas, pero en mi caso lo cierto era que para disfrutar de una novela o para saber valorarla me hacía falta una de estas dos cosas: que la historia me resultara interesante, o un poquito de madurez que me permitiera comprender la obra y empatizar con el autor. Claro está que con diez o doce años el segundo requisito no lo cumplía, y respecto al primero no lo llegué a encontrar en ninguno de los tantos libros venerados de nuestro patrimonio cultural. Así que podemos decir que no me enganché de ninguna forma al estudio de la literatura. Ni me interesaba, ni me gustaba, ni le encontraba aliciente alguno.

Luego llegó el instituto, que era más o menos lo mismo sólo que multiplicado. Nombres, fechas, títulos. Aprender de memoria los grandes logros de cada obra y, también, los pensamientos e intenciones que, según el autor o autores del libro de texto (y con los que a menudo discrepaba), tenía el escritor en el momento de crearla. Es decir, nada que me interesara. O al menos nada que me ayudara a acercarme a ellos, e hiciera que esos genios creadores, encumbrados al estado divino de inmortales de la literatura, bajaran al nivel terrenal para poder comprenderlos cara a cara, como personas que fueron, al igual que yo.

De algún modo, sin embargo, conseguí salir airosa de aquellos años de educación sin leer más que algunas páginas sueltas y algún que otro resumen ajeno, y casi ninguno de aquellos “tochos infumables” (así era como los llamaba) al completo. Tampoco había adquirido el hábito de leer (que no sé lo que es pero dicen que existe), ni -he de admitir- me preocupé por adquirirlo. Así fue transcurriendo el tiempo y así llenándose cada vez más mi ignorancia sobre el mundo literario, de modo que cuando fui libre de elegir, no quise leer.

Amigos, familiares, gente cercana, la gran mayoría leían a menudo. Casi todos obras de escritores contemporáneos. Bestsellers, Premios Planeta o literatos reconocidos. Daba igual. Ellos leían y yo no. Lo cual tampoco era tan grave (hay mucha gente que no lee), pero todos daban por sentado que a mí que me gusta escribir, me gustaría también leer y, por afición a las letras, sabría del tema más que ellos. Y yo, por vergüenza y miedo, fingía y ocultaba mi secreto.

Aquello duró muchos años. Tantos casi como los que tengo. Tampoco -lo sé- es algo de lo que uno tenga que avergonzarse, pero me afectaba un poquito. Me sentía en desventaja en las conversaciones. Inculta. Ignorante.

Lo más curioso, y por liar un poco más el tema, es que los libros me encantan. Adoro que me regalen libros. Disfruto paseando por las librerías. Ojear los tomos. Hojearlos. Leer algunas páginas. Imaginarme lo que guardan dentro. Pero cuando me siento con ellos de veras y nos hablamos de tú a tú, la gran mayoría me cansa enseguida.

Para colmo, lo único que he conseguido devorar con avidez son novelas románticas, de esas facilonas y predecibles. En fin, bochornoso. Pero aquí estoy, fuera de ningún escondite y asumiendo que me gusta mucho escribir, pero no leer. O por lo menos no aquello que me lleve demasiado tiempo. Me gustan las historias cortas. Disfruto a menudo con posts, poemas y relatos breves. Pero me cansa sobremanera una novela larga.

Estos últimos dos años, sin embargo, ha ocurrido algo significativo. Matriculada en Filología Hispánica (no es por castigarme, es que me encanta la Lengua) no me ha quedado más remedio que afrontar lo que he venido evitando tanto tiempo y ponerme a estudiar realmente literatura. Pero cuál ha sido mi sorpresa cuando, al encarar los libros de Textos Literarios, esperando encontrar la resabida lección de biografías y bibliografías, no se me ha pedido memorizar ningún autor, ni estudiar al dedillo fechas o publicaciones. El enfoque actual (o el orientado a los adultos, no lo sé), ha sido el de la comprensión de las épocas, modas y pensamientos. Y me he encontrado disfrutando (y sorprendiéndome por ello) al leer los textos y estudiar los temas. Evaluando con mi propio criterio, bajo las circunstancias de las diferentes corrientes y con los recursos lingüísticos aprendidos, cada novela y cada autor. Y me he encontrado con que, bajo mi perspectiva subjetiva, pero aplicando conocimientos objetivos, he encontrado en cada obra un punto de unión con sus personajes y su autor, de una forma íntima y personal. Y se ha producido el milagro: por fin le he encontrado el gusto al estudio de la literatura, ya sea porque tengo la madurez adecuada, porque el enfoque académico es el correcto o por la actitud con que lo he enfrentado. El hecho es que incluso me están entrando ganas de leerme todos los libros que llevo de retraso.

Tampoco voy a entusiasmarme demasiado (sé que nunca llegaré a ser una lectora adicta) pero me reconforta comprobar que entre los libros y yo comienza a gestarse, gracias al estudio, una bienvenida reconciliación.

9 comentarios:

  1. Pues Paula, me siento identificada en varias cosas contigo. 1º en que en la escuela JAMAS leía lo que me mandaban, me las arreglaba con resúmenes y apuntes y una sabia lengua que sabía cómo darles a entender que sí había leído los textos. Lo mío era leer lo que yo seleccionaba de la biblioteca del cole y que sí me atraía, me devoraba más bien novelas adolescentes o dramáticas de esas que te hacen moquear lindo. Luego como siempre me gustó leer y escribir pues entré al profesorado de letras pero desgraciadamente disfrutaba pocas materias porque el nivel del instituto donde iba dejaba mucho que desear. La cuestión es que esa vergüenza de sentirme inculta e ignorante porque OH! cómo yo profesora de letras, no conocía ciertos autores!! era imperdonable y pues que sí, que no los conocía! Tuve un parate importante con la lectura, nada me atraía y me aburría fácil y a Dios gracias ahora pues me he vuelto a reencontrar con los libros y debo decir que disfruto mucho de leer como antes. No obstante ahora me permito dejar un libro que no me atrae para agarrar otro que sí y resulta luego, que retomando tiempo después ese que dejé finalmente lo he sabido apreciar mejor. Seguramente son momentos de la vida. No sabría decir.

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  2. Tener un buen maestro, un tutor, un guía, es fundamental en esta vida, Paula. Desgraciadamente yo me topé con una selecta colección de haraganes e irresponsables fascistoides, que decían ser profesores y que me hicieron detestar profundamente la literatura y todas las otras ciencias.
    La Providencia empero, no me abandonó y pasé a engrosar el vasto universo de los autodidactas. Siempre es útil buscar el tiempo perdido, que nos conduce, al tiempo recobrado.

    Saludines.

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  4. Pabela, Conde, muchas gracias por compartirlo conmigo, ya me siento menos sola.
    Besitos.

    Estimada Eliana, no le hace falta ningún permiso para enlazar con este blog, es completamente libre.
    Saludos.

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  5. Paula, me parece que convocar el gusto por leer es una tarea que solo pueden alcanzar algunos escritores. Nadie más. Ni siquiera es una cuestión de autodidactismo, como ha expresado antes Conde. Solos no hacemos nada. Son los escritores quienes nos van revelando los placeres de la literatura. Ahora bien: si es difícil animar a la lectura, que uno odie los libros es lo más fácil del mundo y para eso están los programas de enseñanza de la literatura y los profesores hastiados que odian enseñar historia de la literatura. El barniz de un poco de cultura, de cuatro nombres y cuatro fechas lo adquiere cualquiera con solo consultar la wikipedia (antes, con solo consultar la Espasa). La verdad es que la figura del profesor de Literatura, si lo pensamos bien, es trágica, yo así lo veo (y lo dice quien profesionalmente se formó -deformó- para esa labor). Es trágica porque lo único que puede hacer el profesor cuando cumple con la obligación que le impone el sistema educativo es generar ruido, estorbar. Es un mero intermediario que no hace ninguna falta. Si se trata de animar a la lectura, cuanto menos se note que está, mejor profesor será, y el ideal es que no esté. Me remito al libro de Penac, Como una novela. Un profesor de literatura cumple con creces su cometido llevando a sus alumnos a diario a la biblioteca y dejando que los que quieran descubran por su cuenta los libros que les habrán de encender la llama para siempre. Para esta tarea es de no poca ayuda para el profesor, prohibir tal o cual libro, disfrazar la lectura con el ropaje de la clandestinidad. Yo adquirí el placer de leer a solas con (gracias a) Enid Blyton cuando era un niño. Después, a solas con Robert Louis Stevenson, Emilio Salgari, Julio Verne, Clarín... Años más tarde, sin saber bien lo que hacía y por esa inclinación a la literatura, me dio por estudiar Filología en la universidad, pero lo que conseguí fue convertirme en un forense y dejar de ser un lector apasionado. Ahora ya no disfruto como antes y parece que solo estoy analizando o el punto de vista del narrador, o el idiolecto de cierto personaje, o la relación del tiempo de la historia con el tiempo del discurso. Extraño a aquel lector que era hace veinte años y que ya nunca más volveré a ver. Gracias por esta "confesión" en la que tanta gente se verá reflejada.

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  6. Estimada Paula:

    ya que has mencionado que te gustan los relatos cortos, aprovecho para recomendarte un libro que me leí hace poco, de Juan José Millás, que se llama "Los Objetos nos llaman"; el libro está compuesto sólo de relatos breves y no tienen desperdicio.

    Besos.

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  7. Jaime, es normal analizar cuando se tiene conocimiento. Quizá se pierda la capacidad de disfrutar de forma inocente, como hacías hace años, pero a cambio seguro que el disfrute es mayor cuando cae en tus manos un trabajo realmente bueno.
    Coincido contigo en que la tarea del profesor de literatura debe ser la de orientar y acompañar, más que instruir.
    Me alegra que hayas pasado por aqui.
    Un beso.

    Eleuterio, muchas gracias por la recomendación. Te aseguro que la tendré en cuenta.
    Espero que esos problemas de salud de los que me hablaste hayan remitido.
    Besitos.

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  8. Escribir es una pasión, es una necesidad, es una forma de vida. Es cierto que necesitamos nutrirnos también leyendo, pero no importa el qué. Qué más da que sean relatos cortos, poemas, novelas... lo importante es llenarnos, de palabras y de vida.

    Un saludo :)

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  9. Me alivian mucho tus palabras, Kristel.
    Gracias por pasar.

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